Vi a la rabona, mi gata algo inquieta. Miré por la ventana y no observe nada raro. Pero ella quería salir, no estaba dispuesta a ello, ya que unas nubes por el horizonte amenazaban lluvia, y si salía me podría la casa perdida.
Miré por última vez a través de los cristales de la cocina, ¡y de pronto!, ¡la vi!. Era una perdiz, que a duras penas podía volar. Estaba exhausta, me miró con terror, pero aun así, intentó hacerme frente, y de pronto comprendí su miedo y defensa, no estaba sola, junto a ella había tres crías. Ella tenía un ala rota, con mucho cuidado la cogí, subiéndola al desván junto con su prole, después de curarla y ponerle unas tiras finas de esparadrapo, la hice un nido, metiendo a sus crias con ella, abrí las ventanas para que cuando estuvieran listos se fueran.
Les procuré moscas, zapateros de un pequeño arroyo, gusanas, y algo de alpiste.
Transcurrieron tres semanas, ya no me temían es más se alegraban de verme, los pequeñines venian a recibirme, aunque enseguida corría de nuevo a cobijarse bajo el ala de su madre. Pero una mañana, cuando fui a darle sus raciones, ya no estaban.
Durante unos segundos me embargó la tristeza, pero luego la alegria invadio todo mi ser. Habian vuelto a la naturaleza, su hábitat natural
Nunca volví a verlos, pero cuando voy de excursión por las praderias, y a lo lejos veo alguna perdíz. Pienso en ellos. Estos recuerdos me acompañaran siempre cuando llega el verano.
A.R.G.
Durante unos segundos me embargó la tristeza, pero luego la alegria invadio todo mi ser. Habian vuelto a la naturaleza, su hábitat natural
Nunca volví a verlos, pero cuando voy de excursión por las praderias, y a lo lejos veo alguna perdíz. Pienso en ellos. Estos recuerdos me acompañaran siempre cuando llega el verano.
A.R.G.
Hermoso.
ResponderEliminarPili Biarge
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