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martes, 9 de febrero de 2016

EL TREN DE LA SIETE DE LA MAÑANA TRABAJO DEL TALLER DE CALIGRAMA




Foto

Foto de Daniel Peralta




EL TREN DE LA SIETE.DE LA MAÑANA

Cada mañana  hago el recorrido hacia mi lugar de trabajo en el tren de las siete. Así llevo diez largos años. En mi recorrido atravesábamos la parte de atrás de los pueblos, y también muchas casas aisladas, pero esta rutina se ha ido haciendo interesante, pues empecé a descubrir lo que ocurría en cada casa y pueblos en los que sus gentes salían a esa hora. Así comencé a entretenerme, observado aquellas personas en su periplo diario que también era el mío. Había un pequeño apeadero de nombre, Viar, allí siempre hay  un hombre vestido de ferroviario con su gorra y su banderín rojo que  me saluda tocándose el ala de su gorra, un poco más allá una pequeña casa con dos niños de corta edad jugando a la pelota y una mujer tendiendo ropa.
El primer pueblo  al que llegamos es Saposa de Abajo. A la hora que pasamos por allí sale un hombre con un tractor y se pierde en un recodo de una calleja,  más adelante hay una casa sola, sale un matrimonio con dos niños, vestidos con chándal y mochilas a la espalda que tiran con desgana en los asientos traseros de un todo terreno El tren sigue su camino y yo les pierdo de vista, pero llegamos a Saposa de Arriba, allí tras las barreras hay un coche esperando a que estas se levanten para reanudar su camino. El tren continua su marcha, de vez en cuando da algún trompicón, sobre todo cuando pasamos por unos de los puentes que atraviesa el río Ramo, es de hierro y aquí la ruedas sobre los raíles es como si saltasen, dura solo el tramo del puente, luego reanuda su marcha normal, hay una casa pequeña aislada, nunca se ve a nadie pero su chimenea todas las mañanas humea y se ve un la luz encendida en una ventana, a veces quiero imaginarme quien vive allí, pero no me da mucho tiempo pues enseguida llegamos a un pequeño núcleo de casas, seis en concreto, aquí hay más movimiento, salen dos señoras mayores con velos como a la antigua usanza, a lo lejos se ve la espadaña de una iglesia, luego está el hombre que sale con su dalle y un perro de raza desconocida que lo acompaña, invariablemente lleva un gorro oscuro haga bueno o llueva, de otra de las casa sale un mozalbete todo repeinado, se sube a una     motocicleta  y sale como alma que lleva el diablo, en las demás casa hay luces en las ventanas y se ve alguna figura moviéndose tras los cristales. Por aquí el tren va más despacio, pues hay bastante desnivel, seguimos nuestro camino dejando atrás chamizos, y alguna cabaña donde está recogido el ganado, también se ven pequeños huertos, en uno de ellos siempre hay una persona no sé si hombre o mujer ya que hay mucha distancia y no se puede apreciar, a mí me da por pensar que es un hombre pero vaya usted a saber.
En la siguiente estación Arruba para el tren casi cinco minutos, se suben todos los días unas monjas, he averiguado que son de la caridad, que hay un pequeño convento con diez monjas a las afuera del pueblo, y que llevan aquí más de setenta años, hacen una labor encomiable ayudando a la gente necesitada, cultivan el huerto, tienen gallinas, y un par de vacas, y como a ellas les sobra, se lo dan a unas familias que están pasandolo mal, por eso cogen el tren a diario, la entrega se hace el pueblo de al lado, también se sube un señor encorbatado, es abogado y va a la capital donde tiene su despacho, habla siempre con las monjas, y con una chica de mediana edad que es peluquera y va a trabajar a Saenten la capital. Es muy parlanchina y la conoce mucha gente, el tren sigue su ruta, y se ven gallineros salpicados en la lejanía pero también pegados a las vías, aquí siempre hay gente, y los perros de los alrededores ladran al tren con rabia como diciéndole: rompes nuestra monotonía con tu ruido infernal. Son las ocho y entramos en la estación de Goa, aquí  se sube un sinfín de personas, en estos diez largos años no he podido catalogar a todos, pues se van mezclando con la gente y el tren casi va lleno pero bueno se de los dos jóvenes que va a estudiar, uno está haciendo medicina y el otro arquitectura, luego hay un jubilado que va de paseo a la capital,  su distracción es estar allí un par de horas y se vuelve de nuevo a su casa, un ama de casa que va a la compra, y una mamá con un niño de corta edad, que van al hospital está siguiendo un tratamiento para el crecimiento.
Y por fin llegamos al apeadero de Viar, aquí nunca se sube nadie, pero el tren siempre para. Hoy de nuevo me ha saludado a mí el jefe del apeadero con su amplia sonrisa y su guiño de ojo. Nos avisan por megafonía que ha habido un contratiempo y permaneceremos un tiempo indeterminado en este lugar. Nadie se baja, pero yo si. Me dirijo hacia   mi amigo de andén, él me recibe con su sonrisa franca, me da la mano y me dice: hoy es tu último viaje, me quedo asombrada, no entiendo nada. Entonces le dije: pero si aún tengo treinta y cuatro años, y pienso seguir trabajando mucho tiempo, y lo haré en este tren, entonces me dijo: Siéntate y escucha,  mira a tu alrededor y piensa. Así lo hice pero no veía nada anormal, la gente estaba en el tren, entonces miré y me quedé helada, el tren estaba vacío, pero… ¿Dónde está todo el mundo?  ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? a mi alrededor solo había escombros El señor del andén me volvió a decir: mi nombre es José, pero todo el mundo me llama Pepe el del apeadero, aquí estuve realizando mi trabajo durante cuarenta años y cuando estaba a punto de retirarme ocurrió el accidente, ¿Qué accidente? Le pregunté, el de este tren que descarriló hace diez años, se estrelló contra la casa, llevándose a mi mujer y   mis dos nietos así como a mi hijo y mi nuera que estaban dentro de la casa.  En ese accidente murieron todos los pasajeros, fue horroroso se despeñaron un par de vagones ahí ¿no ves el barrancó? otros se cayeron a este otro precipicio y el último se incrustó en mi casa, por supuesto yo fui el primero en caer, tú desde el tren no veías lo que hay alrededor, ahora piensa: Espera, espera, si tú estás muerto ¿cómo es que yo te veo,? Ves a los demás pasajeros. No. ¡Sabes! desde aquel día fatídico ninguno ha viajado en el tren, todos pasaron al otro lado, pero tú te has resistido y los has estado viendo porque el poder de tu mente es muy fuerte. Yo me he tenido que quedar para partir contigo, ¡cómo! Yo no estoy muerta ¡qué dices! Mira hija, mira a tu alrededor ¿que ves?. Miré con lágrimas en los ojos estaba a punto de desmayarme, hice lo que me decía, y se me heló la sangre, no había nada, ni casa, ni niños ni anden estábamos en el aire, ahora recuerda tu viaje diario, ¿sales de tu casa? ¿no? ¿Llegas a tu trabajo? tampoco, durante estos diez años lo que creáis que era tu vida solo se desarrollaba en el tren, ¿has visto a tus padres? Balbuceando dije no, no recuerdo salir de casa, despedirme de mi madre como hacia cada mañana, tampoco recuerdo hablar con mi novio, con el que me iba a casar. ¡Hay dios mío! pero que pasa. Mira tu ropa siempre llevas la misma, y cada día has estado viendo a las personas y cosas haciendo siempre lo mismo. Vas aceptando que ya no estás entre los vivos. En tu mente quedó borrado aquel día, y se ha estado repitiendo una y otra vez, hasta llegar aquí que cerrabas tu mente y no has querido aceptar el destino que truncó tu vida.  Escúchame tenemos que partir, hoy es el último día, espero que estés preparada y lo aceptes. Vale Pepe,¿ y si no quiero partir?, ¿que ocurrirá si no me voy contigo?, pues que te quedaras en este tren haciendo el mismo recorrido una y otra vez por toda la eternidad. ¿De verdad quieres eso? No, ¿pero puede hacerme un favor? Quiero volver a mí casa y ver por última vez a mis padres, y a mi novio. En fin no es lo normal, pero te ha costado tanto aceptar tu destino que sí. Sí puedo hacerlo, pero va a ser duro para ti.
Vi la tristeza y la amargura de mis padres, mi habitación estaba como yo la dejé, lo de Pedro mi novio fue distinto. Tenía una nueva pareja y un niño de unos tres años precioso, se le veía feliz, pero yo no me sentí mal viendo su felicidad, y justo en ese momento paso ante mi todo el accidente, me vi allí tirada en uno de los vagones con mi cabeza aplastada por una de las ventanillas, todo era muerte y destrucción, no quería seguir teniendo aquella visión tenía que cruzar al otro lado. Extendí mis manos y Pepe las tomo con suavidad y caminamos hacia nuestro nuevo destino, volví la vista atrás y pude ver a mis padres que decían adiós con una sonrisa y una lágrima a la vez, Pepe me miró y me dijo: he permitido que te vieran.
A.R.G.