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domingo, 9 de diciembre de 2012

D.Quijote de la Mancha Cpit. 1º






                                               

   Primera Parte

                                                       Capitulo Primero

    
    En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de danza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Una olla de algo más vaca que carnero, sal picón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda. el resto de ella concluían sayo de velarte, calzas de velludo para las fiestas, con sus pantuflos de lo mismo, y los días de entre semana se honraba con su vellorí de los más fino. Tenía en su casa un ama que pasaba de los cuarenta, y una sobrina que no llegaba los veinte, y un mozo de campo y plaza, que así ensillaba el rocín como tomaba la podadera. Frisaba la edad de nuestro hidalgo con los cincuenta años; era de complexión recia, seco de carnes, enjuto de rostro, gran madrugador y amigo de la caza. Quieren decir que tenía el sobrenombre de Quijada, o Quesada, que en esto hay alguna diferencia en los autores de este caso escriben; aunque por conjeturas verosímiles se deja entender que se llamaba Quejana. Pero esto importa poco a nuestro cuento: basta que en la narración de él no salga un punto de la verdad.
 Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso -que eran los más del año-, se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aun la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías, en que leer, y así llevó a su casa todos cuantos pudo haber de ellos, y de todos ningunos le parecían tan bien como los que compuso Feliciano de Silva, porque la claridad de su prosa y aquellas intrincadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: "La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, con tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de vuestra fermosura. Y también cuando leía: " Los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza".
Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para solo ello. No estaba muy bien con las heridas que don Beliani daba y recibía, porque se imaginaba que, por grandes maestros que le hubieran curado, no dejaría de tener el rostro y todo el cuerpo lleno de cicatrices y señales. Pero, con todo alababa en su autor aquel acabar su libro con la promesa de aquella inacabable aventura, y muchas veces le vino deseos de tomar la pluma y darle fin al pie de la letra, como allí se compromete, y sin duda alguna lo hiciera, y aún saliera con ello, sin otros mayores y continuos pensamientos no se lo estorbaban. Tuvo muchas veces copentencia con el cura de su lugar -que era hombre docto, graduado en Sigüenza_ sobre cual había sido mejor caballero: Palmerín, de Inglaterra, o Amadis, de Gaula; mas maese Nicolás, barbero del mismo pueblo, decía que ninguno llegaba al Caballero de Febo, y que si alguno se le podía comparar era Don Galaor, hermano de Amadís de Gaula, porque tenía muy acomodada condición para todo; que no era caballero melindroso, ni tan llorón como su hermano, y que en todo lo de la valentía no le iba a la zaga.
Continuará

En resolución, él se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio. llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros, así de encantamientos como de dependencias, batallas, desafíos, heridas, requiebros, amores tormentas y disparates imposibles; y asentósele de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas soñadas invenciones que leía, que para él no había otra historia más cierta en el mundo. Decía él que el Cid Ruy Díaz había sido muy buen caballero, pero que no tenía que ver con el caballero Ardiente Espada, que de solo un revés había partido por medio dos fieros y descomunales gigantes. Mejor estaba con Bernardo del Carpio, porque en Roncesvalles había muerto a Roldán el encantado, valiéndose de la industria de Hércules, cuando ahogó a Anteo, el hijo de la Tierra, entre los abrazos. Decía mucho bien del gigante Morgante, porque con ser de aquella generación gigantesca, que todos son soberbios y descomedidos, él solo era afable y bien criado. Pero, sobre todo estaba bien con Reynaldos de Montalban, y más cuando le veía salir de su castillo y robar cuanto topaba, y cuando en allende robó aquel ídolo de Mahoma, que era todo de oro, según dice su historia. Diera él por dar una mano de coces al traidor de Galalón, al ama que tenia y aun a sobrina de añadidura.
En efecto, rematado ya su juicio, vino a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que le pareció convenible y necesario, así para el aumento de su honra como para el servicio de su república, hacerse caballero andante, e irse por todo el mundo con sus armas y caballo a buscar las aventuras y a ejercitarse en todo aquello que él había leído que los caballeros andantes se ejercitaban, deshaciendo todo genero de agravio, y poniéndose en ocasiones y peligros donde, acabándolos, cobrase eterno nombre y fama. Imaginabase el pobre ya coronado por el valor de su brazo, por lo menos del imperio de Trapisonda; y así, con estos tan agradables pensamientos, llevado del extraño gusto que en ellos sentía, se dio prisa a poner en efecto lo que deseaba. Y lo primero que hizo fue limpiar unas armas que habían sido de sus bisabuelos que, tomadas de orín y llenas de moho, luengos siglos había que estaban puestas y olvidadas. en un rincón. Limpiólas y aderezólas lo mejor que pudo; pero vió que tenían una gran falta, y era que no tenían celada de encaje, sino morrión simple; más a esto suplió su indistruia, porque de cartones hizo un modo de media celada, que encajaba con el morrión, hacçia una apareiencia de celada entera. Es verdad que para probar si era fuerte y podía estar al riesgo de una cuchillada, sacó su espada y le dio dos golpes, y con el primero y en un punto deshizo lo que había hecho en una semana; y no dejó de parecerle mal la facilidad conque se había hecho pedazos, y , por asegurarse de este peligro, la tornó hacer de nuevo, poniéndoles unas barras de hierro por dentro de tal manera, que él quedó satisfecho de su fortaleza y, sin querer hacer nueva experiencia de ella, la la disputó y tuvo por celada finísima de encaje.
Fue luego a ver a su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y mas tachas que el caballo de Gonela, que "tantum pellis et ossa fuit" le pareció que ni el "Bucéfalo" de Alejandro ni "Babieca" el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar que nombre le pondría; porque -según se decía él así mismo-- no era razón que caballo de caballerotan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido;