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martes, 22 de noviembre de 2011

DON QUIJOTE Y SANCHO PANZA ESPAÑA

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Don Quijote de la Mancha
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Sancho Panza es uno de los personajes ficticios en la novela El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, escrita por Miguel de Cervantes Saavedra
Don Quijote, personaje principal, es un caballero que decide salir en busca de aventuras. La tradición manda que todo caballero andante tenga un escudero, así que convence a "un labrador vecino suyo, hombre de bien [Ð...], pero de muy poca sal en la mollera" para tal cometido (Primera parte, capítulo VII). Sancho Panza, a diferencia de su señor, es un hombre realista y práctico que lo seguirá fielmente en un jumento, a pesar de que no entiende sus idealismos. Mientras Don Quijote se dedica a deshacer imaginarios entuertos en su camino; Sancho, sencillo y bonachón, tratará de disuadirle para que no se meta en complicaciones.




Estatua de Sancho Panza en Madrid (L. Coullaut, 1930).
El refranero representa el bagaje cultural popular acumulado a través de los siglos. Tradicionalmente, el campesino ha recurrido a los refranes como manera de solventar las limitaciones culturales y lingüísticas, típicas de épocas pasadas. Los dichos populares le permitían manifestar su parecer y justificar su modo de obrar de forma rápida y sencilla; pues conseguía resumir todo su pensamiento en una frase que sabiamente lo expresaba mejor y más eficazmente. Sancho es reflejo literario de esa costumbre, y a lo largo de la obra presentará multitud de dichos populares que la ejemplificarán.
Don Quijote, por el contrario, hombre culto, se enredará muchas veces en sus pensamientos, haciéndoselos incomprensibles a Sancho; quien, por su parte, recurrirá a los refranes para compensar su ignorancia en muchos temas. Algunos ejemplos son:
  • Donde una puerta se cierra otra se abre
  • No con quien naces, sino con quien paces
  • De noche todos los gatos son pardos
  • Ándeme yo caliente, ríase la gente
  • Cuando a Roma fueres, haz como vieres

Don Quijote y Sancho Panza
A tantos refranes recurría Sancho, que Don Quijote terminó por decirle:
"–No más refranes, Sancho, pues cualquiera de los que has dicho basta para dar a entender tu pensamiento; y muchas veces te he aconsejado que no seas tan pródigo en refranes y que te vayas a la mano en decirlos; pero paréceme que es predicar en desierto, y "castígame mi madre, y yo trómpogelas".
–Paréceme –respondió Sancho– que vuesa merced es como lo que dicen: "Dijo la sartén a la caldera: Quítate allá ojinegra". Estáme reprehendiendo que no diga yo refranes, y ensártalos vuesa merced de dos en dos.
–Mira, Sancho –respondió don Quijote–: yo traigo los refranes a propósito, y vienen cuando los digo como anillo en el dedo; pero tráeslos tan por los cabellos, que los arrastras, y no los guías; y si no me acuerdo mal, otra vez te he dicho que los refranes son sentencias breves, sacadas de la experiencia y especulación de nuestros antiguos sabios; y el refrán que no viene a propósito, antes es disparate que sentencia. Pero dejémonos desto, y, pues ya viene la noche, retirémonos del camino real algún trecho, donde pasaremos esta noche, y Dios sabe lo que será mañana." (Segunda parte, capítulo LXVII).

Gobernador

Al comenzar la segunda parte del libro, la Ínsula de Barataria, prometida por Don Quijote a Sancho, es concedida por un Duque, pero Sancho no tarda en desistir de ese oficio debido a que no sirve para el. Las jugarretas que le proporcionaron colaboraron a esto, ya que todo se trataba de una burla por parte del duque y la duquesa.
                                BUSTO DE CERVANTES
D. Quijote y su amada Dulcines
Cervantes en Argamasilla                                                         
Don Quijote de la Mancha
Cervantes Don Quixote 1605.gif
El municipio de Castañeda se encuentra en la comarca del Pisueña, muy cerca de localidades importantes como Puente Viesgo, Sarón, Santa María de Cayón, la ciudad de Torrelavega o el parque de la naturaleza de Cabárceno.
De Interés:

Colegiata de Santa Cruz

Colegiata de la Santa Cruz
Castañeda atesora uno de los edi- ficios más importantes del románico cántabro, junto con las Colegiatas de Santillana, Elines y Cervatos.  

Se trata de la colegiata de Santa Cruz, localizada en Socobio y levantada en el siglo XII, aunque ya existía un monasterio anterior en ese mismo lugar.
Originalmente constaba de nave única y tres ábsides.

Colegiata de la Santa Cruz
Vista del ábside
En el siglo XIII se le añadió una nave transversal en el lado norte, posteriormente, en el siglo XVIII, desapareció el ábside del lado de la epístola y en su lugar se construyó la capilla de don Juan de Frómista. 

El ábside principal se adorna con una bella arquería de ocho arcos de medio punto con guardapolvos decorados. 


Apoyan sobre capiteles iconográficos con temas de singular interés como el enfrentamiento de infantes a pie, luchadores, pelícanos, etc...
La entrada se hace al oeste por una gran puerta de numerosas arquivoltas lisas.
Vista general de la Colegiata
Ventana del ábside
La bóveda de la nave parece que fue modificada a partir del siglo XVI. Los capiteles de los arcos torales, iconográ- ficos y con animales, sostienen la cúpula sobre trompas. La torre, una de las más solemnes del románico montañés, es prismática y con ventanales a distinta altura.

Los del cuerpo superior son ajimezados y con capiteles animalísticos. Se sabe muy poco del desenvolvimiento histórico de este monasterio - luego colegiata - pues sus archivos se perdieron en distintos incendios en los siglos XVI a XVIII.
Al exterior, los muros verdaderamente románi- cos de Santa Cruz de Castañeda se subrayan por las secuencias clásicas de sus canecillos decorados.

Cristo del siglo XIV en el espectacular ábside central
Retablo Mayor
El monasterio de Santa Cruz debió de remontarse al menos al siglo X y tener dominio amplio por todo el valle de Pisueña, que ya en el siglo XII era realengo, pasando más tarde al señorío de don Tello, hijo de Alfonso XI, y, por sucesión a la familia de los Manrique. 

Por último, podemos reseñar los sepulcros conservados, de soberbia decoración de lacería, siendo el más monumental
el sepulcro yacente del siglo XIV del abad Munio González.
Su pétrea estatua reposa sobre el sarcófago decorado con sus emblemas heráldicos y sostenido por leones.
Sepulcro del abad Munio González

Cruz de Castañeda

La Cruz de Castañeda
Regresando de la Colegiata a la carretera general, encontramos una rústica cruz de piedra, junto al río Pisueña, a la altura del puente. Ha sido derribada en más de una ocasión. Amador Rodrigo de los Ríos, en su libro "Santander" describe la cruz a finales del siglo XIX: 
"Sobre trapezoidal basamento, yérguese, en efecto, el sacrosanto emblema de tosca hechura y brazos rectos y resistentes. Pendientes de ellos, y no con menor rudeza labrada, se halla la imagen del Salvador del mundo. Ciñe las sienes del sagrado simulacro la corona de espinas, tiene la cabeza caída sobre el pecho y la barba, tan ingenuamente señalada, que recuerda el torso desnudo".

Al parecer, la cruz de Castañeda es obra del siglo XVII que reconstruía una cruz anterior y es muestra destacada de los numerosos cruceros que se dispersan por toda Cantabria, fabricados la mayoría de ellos con más devoción que cualidades artísticas.

Casona de los Alvear

Casona de los Alvear
El municipio de Casta- ñeda no solo destaca por su magnífica colegiata románica.

En cuanto a la arquitec- tura civil, tenemos que destacar en el municipio la casona y capilla de la familia Alvear del siglo XVIII, en Villabáñez, cerca de la Colegiata ya citada.
Casona de los Alvear

La casona de los Alvear es un conjunto que consta de dos cuerpos, uno de planta rectangular a modo de torre, y la casona adosada. Tanto la torre, de tres pisos, como el cuerpo anexo, de dos, se hayan rematados en el tejado por numerosos pináculos.

Además, también se encuentra dentro de este conjunto, la capilla de los Alvear, muy próxima a la casona y en medio de un bello jardín. Esta capilla está formada por tres cuerpos separados por cornisas. El escudo de la familia de los Alvear aparece en la parte frontal.
También tenemos que destacar la magnífica e imponente espada- ña de la capilla.

Actualmente, la casona de los Alvear es la hostería de Castañeda, que recomendamos visitar. Con esto podemos dar por terminado el recorrido monumental del munipio de Castañeda.
Capilla de los Alvear

LOS OTOMIS TRIBU MEXICO

Los pueblos otomianos en la época prehispánica
Es muy posible que los ancestros de los otomíes hayan ocupado el centro de México desde hace por lo menos cinco milenios, por lo que habrían participado en el florecimiento de las primeras urbes mesoamericanas. En la imagen, figurillas de cerámica relacionadas con el culto a la fertilidad. Proceden de Tlapacoya (estado de México). Cultura preclásica del Centro de México.
Hacia el quinto milenio antes de la era cristiana, los pueblos de habla otomangueana formaban una gran unidad. La diversificación de las lenguas y su expansión geográfica a partir del que se ha propuesto como su urheimat,[10] es decir, el valle de Tehuacán (actualmente en Puebla)[11] debió ocurrir después de la domesticación de la trinidad agrícola mesoamericana, compuesta por maíz, frijol y chile. Esto se establece con base en la gran cantidad de cognados que existen en las lenguas otomangueanas en el repertorio de palabras alusivas a la agricultura. Después del desarrollo de una incipiente agricultura, la proto-otomangue dio origen a dos lenguas diferenciadas que constituyen los antecedentes de los actuales grupos oriental y occidental de la familia otomangueana. Siguiendo con la evidencia lingüística, parece probable que los oto-pames —miembros de la rama occidental— hayan llegado a la Cuenca de México alrededor del cuarto milenio antes de la era cristiana y que, en contra de lo que sostienen algunos autores, no hayan migrado del norte sino del sur.[12]
En ese sentido, es plausible que durante mucho tiempo la población del centro de México haya formado parte de la familia de pueblos hablantes de lenguas otomangueanas. A partir del Preclásico (ss. XXV a. C.-I d. C.), el grupo lingüístico otopameano se comenzó a fragmentar cada vez más, de tal manera que hacia el Período Clásico el otomí y el mazahua ya eran lenguas distintas. Si las cadenas lingüísticas del grupo otopame se encuentran concentradas y más o menos intactas[8] en el centro de México, es posible que los grupos otomangueanos hayan ocupado sus actuales territorios étnicos desde hace mucho tiempo, lo que llevaría a reevaluar su participación en el florecimiento de poblaciones como Cuicuilco, Ticomán, Tlatilco, Tlapacoya y otras durante el Período Preclásico; pero especialmente en el desarrollo de la gran ciudad de Teotihuacan. Aunque son varios los autores que coinciden en que la población del Valle de México durante el florecimiento de Teotihuacan era principalmente otomiana, se resisten a aceptar que también los gobernantes de la metrópoli pudieron formar parte del mismo grupo lingüístico.[12]
La caída de Teotihuacan es un hito que señala el fin del Clásico en Mesoamérica. Los cambios en las redes políticas a nivel mesoamericano, las disputas entre los pequeños estados rivales y los movimientos de población derivados por las prolongadas sequías en el norte de Mesoamérica facilitaron la llegada de nuevos pobladores al centro de México. Por esta época tiene lugar la llegada de grandes grupos de habla náhuatl que comenzaron a desplazar a los otomíes hacia el oriente. Estos llegaron entonces a la Sierra Madre Oriental y a algunas zonas del valle de Puebla-Tlaxcala. En los siglos siguientes, en el territorio otomí se desarrollaron grandes estados encabezados por los pueblos nahuas. Alrededor del siglo IX, los toltecas convirtieron a Tula (Mähñem'ì en otomí) en una de las principales ciudades de Mesoamérica. Esta ciudad concentró una buena parte de la población del valle del Mezquital, de filiación otomí; aunque muchos de ellos siguieron refugiándose al sur y al oriente, en el estado de México y la Sierra Madre Oriental.[13]
El florecimiento del estado tepaneca de Azcapotzalco en la cuenca lacustre del valle de México llevó a este pueblo a expandirse hacia el occidente, ocupando el territorio que tradicionalmente había sido ocupado por los pueblos otomí, mazahua, matlatzinca y atzinca. De este modo, los pueblos otomianos cayeron en la órbita de poder de los nahuas que habían ocupado la cuenca de México. Tras la derrota de Azcapotzalco ante la alianza de México-Tenochtitlan y Texcoco, los dominios de los tepanecas en el poniente del actual estado de México fueron asignados a Tlacopan. El territorio de los otomíes se encontraba precisamente en la zona donde confluían los dominios de los mexicas y sus aliados al oriente y de los tarascos de Michoacán al poniente. Cuando los españoles llegaron al centro de México, esta zona era habitada por diversos grupos étnicos que con frecuencia se mezclaban para formar una localidad. Es por ello que los cronistas de Indias reportaron que en Tlacopan se hablaba otomí, náhuatl, chocho, matlatzinca y mazahua. Wright Carr señala que:
Lejos de ser un pueblo dominado, los otomíes formaban parte esencial del panorama político, militar, económico y social del Centro de México.[14]

[editar] Conquista

Los otomíes entraron en la historia de la Conquista de México cuando los españoles llegaron a la región dominada por los tlaxcaltecas. Como se ha dicho anteriormente, los otomíes llegaron a la región de Puebla-Tlaxcala durante el período Posclásico Temprano, cuando su territorio original fue invadido por los nahuas procedentes del occidente y el norte de Mesoamérica.[15] En la región del valle de Tlaxcala convivieron con los señoríos de la llamada "República de Tlaxcala", una confederación dominada por tribus nahuas y opuesta a los mexicas y sus aliados. Los tlaxcaltecas eran aliados militares de los otomíes de Tecóac, a quienes se reconocía como un pueblo con grandes habilidades para la guerra. De acuerdo con el Códice Florentino los otomíes fueron atacados por los españoles:
Y cuando a Tecoac llegaron, fue en tierra de tlaxcaltecas, en donde estaban poblando sus otomíes. Pues esos otomíes les salieron al encuentro en son de guerra; con escudos les dieron la bienvenida.
Pero a los otomíes de Tecoac muy bien los arruinaron, totalmente los vencieron. Los dividieron en bandas, hubo división de grupos. Los cañonearon, los asediaron con la espada, los flecharon con sus arcos. Y no unos pocos sólo, sino todos perecieron.
Y cuando Tecoac fue derrotado, los tlaxcaltecas lo oyeron, lo supieron: se les dijo. Mucho se amedrentaron, sintieron ansias de muerte. Les sobre vino gran miedo, y de temor se llenaron.[16]
De acuerdo con la versión de los informantes de Sahagún, al ver la ruina de los otomíes de Tecóac los tlaxcaltecas decidieron aliarse con los españoles.
De hecho los otomies jugaron un papel muy destacado; pero poco reconocido en la Conquista de México. Luego de la derrota del ejército de Cortés en el episodio de la Noche Triste, los otomíes del pueblo de Teocalhueyacan visitaron a Cortés un día después por el rumbo de Naucalpan. En este encuentro, los españoles recibieron comida y una promesa de alianza y refugio en la zona de Teocalhueyacan. Los españoles visitaron este poblado y permanecieron en él por cerca de diez días, recomponiendo fuerzas militares y alianzas de carácter político. A instancias de este grupo de otomíes, Cortés atacó por sorpresa y masacró a los nahuas de Calacoaya el 2 de julio de 1520, aliados de la Triple Alianza y enemigos de los otomíes. Esta fue la segunda acción militar de los españoles en el Valle de México, esta vez exitosa y contando con la complicidad de los otomíes de Teocalhueyacan. Luego de recomponerse, los españoles partieron rumbo al territorio aliado de Tlaxcala; pero en el camino se enfrentaron nuevamente con los mexicas en la Batalla de Otumba. En esta ocasión salieron triunfantes y para ello debieron contar muy probablemente con la ayuda de los otomíes, tanto de Tlaxcala como de Teocalhueyacan.

[editar] Época colonial

Murales del Templo de San Miguel Arcángel en Ixmiquilpan (Hidalgo).
Los otomíes fueron cristianizados en los años siguientes a la Conquista de Tenochtitlán. Las primeras tareas de evangelización corrieron a cargo de los franciscanos, concentrados en las provincias de Mandenxhí (Xilotepec) y Mäñhemí (Tula), donde realizaron su labor entre los años de 1530 a 1541. En 1548 la orden de los agustinos aprobó la creación de los conventos de Atocpan e Ixmiquilpan. El convento de Ixmiquilpan destaca porque sus murales (realizados en la segunda mitad del siglo XVI) presentan un tema netamente indígena (el de la guerra sagrada) en un panorama de elementos relacionados con la mitología cristiana.[17] Con la cristianización de los otomíes se inicia también el proceso de adaptación de las formas de organización política europeas, que dieron origen a la organización de las comunidades indígenas en mayordomías, que, en casos como el de los otomíes de Ixtenco (Tlaxcala) constituyen uno de los pocos elementos de identidad étnica que aún conservan. De modo paralelo a este proceso de aculturación, en otras partes del centro de México el franciscano Bernardino de Sahagún hacía indagaciones entre los pueblos nahuas. Los informantes de Sahagún expusieron el modo en que los nahuas veían a los otomíes antes de la llegada de los españoles, de los que dijeron "no carecían de policía, vivían en poblado; tenían su república".[18]
Los frailes franciscanos levantaron un gran convento, el de Corpus Christi en Tlalnepantla en 1550 y en una de sus puertas laterales llamada porciúncula se lee que fue construido por igual por los pueblos locales nahuas y otomíes ahora cristianizados y sometidos por igual a la corona española. Este convento fue edificado en un sitio que quedaba a mitad de camino entre los dos grandes poblados de Tenayuca (mexica) y Teocalhueyacan (otomí). El teocalli de Tenayuca sobrevive hasta nuestros dias; pero el de Teocalhueyacan no. Dado que se sabe que las piedras aportadas para la construcción por los otomíes eran de color gris, es posible que estas sean justamente las piedras del desaparecido teocalli de Teocalhueyacan, paradójicamente los de Teocalhueyacan fueron unos de los primeros aliados de Cortés en el Valle de México.
Durante la Colonia, los frailes hicieron una gran labor de investigación sobre las culturas y las lenguas indígenas. Sin embargo, en comparación con el caso de los pueblos de habla náhuatl, los documentos producidos acerca de los otomíes son realmente pocos. Luis de Neve y Molina publicó en 1797 unas Reglas de orthographia, diccionario, y arte del idioma othomí, que fueron redescubiertas en 1989. Este documento se suma a otros manuscritos que fueron producidos con antelación en el centro de México. Quizá el más conocido de ellos sea el Códice de Huamantla, que fue realizado en la región de Tlaxcala en el siglo XVI y habla sobre la historia de los otomíes desde la época prehispánica hasta la Conquista. Otros documento de igual importancia es el Códice de Huichapan, procedente del valle del Mezquital y realizado por el otomí Juan de San Francisco a final del siglo XVI.[19]
El arribo de los españoles a Mesoamérica significó el sometimiento de los pueblos indígenas al dominio de los recién llegados. Hacia la década de 1530, todas las comunidades otomíes del Valle del Mezquital y la Barranca de Meztitlán habían sido repartidas en encomiendas. Posteriormente, al modificarse la legislación española, aparecieron las llamadas repúblicas de indios, sistemas de organización política que permitieron cierta autonomía de las comunidades otomíes con respecto a las poblaciones hispano-mestizas. La creación de estas repúblicas de indios, el fortalecimiento de los cabildos indígenas y el reconocimiento de la posesión de las tierras comunales por parte del Estado español fueron elementos que permitieron a los otomíes conservar su lengua y, hasta cierto punto, su cultura indígena. Sin embargo, especialmente en lo que respecta a la posesión de la tierra, las comunidades indígenas padecieron despojos a lo largo de los tres siglos de colonización española.[20]
Al mismo tiempo que los españoles iban ocupando los antiguos asentamientos otomíes —como es el caso de la actual ciudad de Salamanca (Guanajuato), fundada en el asentamiento otomí de Xidóo ("Lugar de tepetates") en 1603 por decreto de Gaspar de Zúñiga y Acevedo, virrey de Nueva España[21] —, algunas familias otomíes fueron obligadas a acompañar a los españoles en la conquista de los territorios al norte de Mesoamérica, ocupados por los belicosos pueblos aridoamericanos. Fueron colonizadores los otomíes que se asentaron en ciudades como San Miguel el Grande y otras ciudades de El Bajío. De hecho, el proceso de colonización de este territorio fue esencialmente obra de los otomíes, teniendo como punta de lanza el señorío de Xilotepec. En El Bajío los otomíes sirvieron como puente para la sedentarización y cristianización de los pueblos nómadas, que terminaron siendo asimilados o exterminados por la fuerza. La importancia de El Bajío en la economía de la Nueva España le convirtió en un escenario donde confluyeron posteriormente distintos grupos étnicos, incluidos los migrantes tlaxcaltecas, los purépechas y los españoles, que finalmente terminarían por sobreponerse a todos los grupos indígenas que les apoyaron en la conquista de este territorio que había sido el hábitat de numerosos pueblos clasificados como chichimeca. Sin embargo, hasta el siglo XIX, la población otomí en El Bajío era todavía un componente principal, y algunos de sus descendientes permanecen en municipios como Tierra Blanca, San José Iturbide y San Miguel de Allende.[22] Los movimientos de la población otomí continuaron a lo largo de toda la época colonial. Por ejemplo, en San Luis Potosí, un total de 35 familias otomíes fueron llevadas a la fuerza para ocupar la periferia de la ciudad y defenderla de los ataques de los indígenas nómadas de la región en 1711.[23] En varios lugares, la población otomí fue diezmada no sólo por las migraciones forzadas o consentidas, sino por las constantes epidemias que padecieron los indígenas mesoamericanos tras la Conquista. Numerosas comunidades fueron arrasadas entre los siglos XVI y XVIII a causa de las enfermedades.[24]
La sumisión al dominio español por parte de los otomíes no fue nunca total. Durante el siglo XVII se sucedieron un gran número de conflictos originados por las diferencias entre españoles e indígenas. En Querétaro —cuya población otomí había sido asimilada o relegada de las tierras de mejor calidad por el empuje de la españolización del Bajío— hubo una rebelión en 1735 en la capital de la provincia originada por la escasez de granos para la población. Posteriormente, entre 1767 y 1785, los otomíes de Tolimán se lanzaron contra las haciendas vecinas que habían despojado a la comunidad indígena de sus terrenos. La tensión originada por la reocupación de las tierras que los hacendados habían obtenido mediante la invasión de las tierras de las comunidades desembocó en un nuevo conflicto en la región de Tolimán en 1806. Para poner fin a la disputa, fue necesario que el Corregidor de Querétaro interviniera y pusiera en prisión a los líderes de la rebelión. Sin embargo, sólo dos años más tarde la violencia volvió a estallar en Tolimán, y los indígenas ocuparon nuevamente las tierras de que habían sido despojados.[25]

lunes, 21 de noviembre de 2011

PIPILES TRIBU DEL SALVADOR

Los pipiles son un pueblo indígena que habita la zona occidental y central de El Salvador. Su idioma es el Pipil o Nahuat. Los antepasados de los pipiles emigraron de México y se asentaron en lo que hoy es El Salvador en el Siglo X d.C.
Etimología y Ramas
La palabra Pipil es un término náhuat que proviene de Pipiltzin que significa noble, señor o príncipe, aunque también se deriva de Pipiltoton, que significa niño, muchacho u hombrecito. El nombre fue dado a las tribus nahuas que había en El Salvador y otros países de Centroamérica, por los tlaxcaltecas y otros pueblos del mismo tronco lingüístico de México que estaban aliados con Pedro de Alvarado en la conquista de la región, supuestamente porque al escuchar el idioma pipil, les parecía un náhuatl mal pronunciado, con acento de niño.
Las ramas de los Pipiles son:
  • Los Cuscatlecos, que vivieron en Cuscatlán (actualmente la ciudad de Antiguo Cuscatlán en el área de San Salvador).
  • Los Izalcos, que cosechaban cacao y comerciaban herramientas de obsidiana.
  • Los Nonualcos, que fueron conocidos por ser aficionados a la guerra.
  • Los Mazahuas, que críaban rebaños de venados de cola blanca.
Evidencias arqueológicas y glotocronológicas muestran que algunas poblaciones ubicadas en lo que ahora son los estados mexicanos de: Durango, Zacatecas y San Luis Potosí emigrarón a Veracruz alrededor del 500 o 600 dC.
Alrededor del 800 dC algunos poblaciones emigraron hacia el Soconusco, en la actual parte sur de México, dando origen a los pipiles, mientras las poblaciones que se quedaron dieron origen a los nonoalcas; a la vez ambos grupos empiezan hacer influenciados por los Toltecas.
En el 900 dC los pipiles emigraron hacia varias regiones de Guatemala, El Salvador y Honduras. Algunas poblaciones pipiles de Honduras emigraron a varias regiones de Nicaragua donde dieron origen a los Nicaraos (pueblo de habla náhuat que habitó alrededor del Lago Cocibolca).
En la actual Guatemala los pipiles fundaron Isquintepeque (actual Escuintla) y se vieron influenciados por las poblaciones mayas (cakchiqueles, quiches y Zutujiles). En lo que hoy es Honduras los pipiles habitaron en los valles de: Comayagua, Olancho y Aguán y en Choluteca y se vieron influenciados por la poblaciones mayas chortis.
En el actual El Salvador los pipiles fundaron alrededor del 1200 el Señorío de Cuzcatlán, nación que se extendía desde el río Paz hasta el río Lempa, es decir cubría gran parte del occidente y centro de El Salvador.
En 1524 fueron conquistados los pipiles de Isquintepeque por Pedro de Alvarado y en 1528 fue conquistado el Señorío de Cuzcatlán, para 1530 habían sido conquistadas las poblaciones pipiles en Honduras y en Nicaragua.
Por la colonización y asimilación española se extinguieron las poblaciones pipiles en Guatemala, Honduras y Nicaragua. Sobreviviendo la lengua y cultura pipil en El Salvador.
En 1932 se produjo el Levantamiento campesino que fue reprimido cruelmente por el gobierno del General Maximiliano Hernández Martínez provocando la muerte de miles de indígenas pipiles. Esto provocó que muchos pipiles abandonaron su lengua y tradiciones

PRINCIPE ATONAL

MURILLO PINTOR SEVILLANO ESPAÑA

Bartolomé Esteban Murillo

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«Murillo» redirige aquí. Para otras acepciones, véase Murillo (desambiguación).
Autorretrato, hacia 1670, óleo sobre lienzo, 122 x 107 cm. Londres, National Gallery. Inscripción: Bartus Murillo seipsum depin/gens pro filiorum votis acpreci/bus explendis. En este cuadro, pintado por deseo de sus hijos, Murillo se autorretrató dentro de un marco ovalado con molduras apoyando en él una mano para reforzar el efecto naturalista del trampantojo y acompañado por algunos instrumentos propios de su profesión, en una demostración de orgullo por la posición social alcanzada con su oficio solo comparable en la pintura española al autorretrato de Velázquez en Las meninas.[1]
Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 16173 de abril de 1682) fue un pintor barroco español. Formado en el naturalismo tardío evolucionó hacia fórmulas propias del barroco pleno, con una sensibilidad que a veces anticipa el Rococó en algunas de sus más peculiares e imitadas creaciones iconográficas como la Inmaculada Concepción o el Buen Pastor. Figura central de la escuela sevillana, con un elevado número de discípulos y seguidores que llevaron su influencia hasta bien entrado el siglo XVIII, fue también el pintor español mejor conocido y más apreciado fuera de España, el único del que Sandrart incluyó una breve y fabulada biografía en su Academia picturae eruditae de 1683 con el Autorretrato del pintor grabado por Richard Collin.[2] Es también el único de los grandes maestros españoles que cultivó con asiduidad e independencia la pintura de género, aunque condicionado por una clientela en su mayor parte eclesiástica el grueso de su producción esté formado por obras de carácter religioso
Vida y obra
Murillo debió de nacer en los últimos días de 1617, pues fue bautizado en la parroquia de Santa María Magdalena de Sevilla el 1 de enero de 1618. Fue el menor de catorce hermanos. Sus padres eran Gaspar Esteban, un acomodado barbero, cirujano y sangrador al que en ocasiones se da tratamiento de bachiller,[4] y del que en un documento de 1607 se decía que era «rico y ahorrador», propietario de algunos bienes inmuebles junto a la iglesia de San Pablo que heredó Bartolomé y le proporcionaron rentas toda su vida, y María Pérez Murillo, de familia de plateros y pintores. Conforme al uso anárquico de la época, aunque alguna vez firmó Esteban adoptó comúnmente el segundo apellido de la madre. Con nueve años y en el plazo de seis meses quedó huérfano de padre y madre, quedando bajo la tutela de una de sus hermanas mayores, Ana, casada también con un barbero cirujano, Juan Agustín de Lagares, con quienes parece probable que el joven Bartolomé mantuviese buenas relaciones pues no mudó de domicilio hasta su matrimonio, en 1645, y en 1656, habiendo ya enviudado, su cuñado le nombró albacea testamentario.[5]

[editar] Formación y primeros años

La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino, hacia 1638-1640, óleo sobre lienzo, 216 x 170 cm, Cambridge, Fitzwilliam Museum. Una cartela en el ángulo inferior derecho explica el contenido de este inusual asunto, en el que la Virgen aconseja al franciscano fray Lauterio, estudiante de teología, la consulta de la Summa Theologiae del aquinatense para resolver sus dudas de fe.
Apenas se tienen noticias documentales de los primeros años de vida de Murillo y de su formación como pintor. Consta que en 1633, cuando contaba quince años, solicitó licencia para pasar a América con algunos familiares. Según la costumbre de la época, por esos años o algo antes debió de iniciar su formación artística. Aún cuando no existe constancia documental, es muy posible, como afirmó Antonio Palomino, que se formase en el taller de Juan del Castillo, pariente de su madre y pintor discreto caracterizado por la sequedad del dibujo y la amable expresividad de que dotaba a los rostros de sus pinturas. La influencia de Castillo se advierte con claridad en las primeras obras del pintor, como La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo (Sevilla, Palacio Arzobispal y antigua colección del conde de Toreno) y La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino (Cambridge, Fitzwilliam Museum), de dibujo seco y alegre colorido, que probablemente sean las más tempranas de las obras conservadas del pintor, cuyas fechas de ejecución podrían corresponder a 1638-1640.[6] [7]
Según Palomino, al dejar el taller de Juan del Castillo lo bastante capacitado para «mantenerse pintando de feria (lo cual entonces prevalecía mucho), hizo una partida de pinturas para cargazón de Indias; y habiendo por este medio adquirido un pedazo de caudal, pasó a Madrid, donde con la protección de Velázquez, su paisano (...), vio repetidas veces las eminentes pinturas de Palacio».[8] Aunque no es improbable que, como otros pintores sevillanos, pintase en sus comienzos cuadros de devoción para el lucrativo comercio americano, nada indica que viajase a Madrid en estas fechas como tampoco es probable que realizase el viaje a Italia que le atribuyó Sandrart y que ya fue desmentido por Palomino, tras investigar esta cuestión, según decía, con «exacta diligencia». Tal suposición infundada, según pensaba el cordobés, nacía de «que los extranjeros no quieren conceder en esta arte el laurel de la Fama a ningún español, si no ha pasado por las aduanas de Italia: sin advertir, que Italia se ha transferido a España en las estatuas, pinturas eminentes, estampas, y libros; y que el estudio del natural (con estos antecedentes) en todas partes abunda».[9]
El propio Palomino, que había llegado a conocerlo aunque no lo tratase, decía haber oído a otros pintores que en sus primeros años «se había estado encerrado todo aquel tiempo en su casa estudiando por el natural, y que de esta suerte había adquirido la habilidad» con la que, al exponer sus primeras obras públicas, pintadas para el convento de los franciscanos, se ganó el respeto y la admiración de sus paisanos, quienes hasta ese momento nada sabían de su existencia y progresos en el arte.[10] En cualquier caso, el estilo que se manifiesta en sus primeras obras importantes, como son las citadas pinturas del claustro chico del convento de San Francisco, pudo aprenderlo sin salir de Sevilla en artistas de la generación anterior como Zurbarán y Francisco de Herrera el Viejo.

[editar] Sevilla en el siglo XVII

Ostentando el monopolio del comercio con las Indias y contando con Audiencia, diversos tribunales de justicia, entre ellos el de la Inquisición, arzobispado, Casa de Contratación, Casa de Moneda, consulados y aduanas, Sevilla era a comienzos del siglo XVII el «paradigma de ciudad».[11] Aunque los 130.000 habitantes con los que contaba a finales del siglo XVI habían disminuido algo a consecuencia de la peste de 1599 y la expulsión de los moriscos, cuando nació Murillo seguía siendo una ciudad cosmopolita, la más poblada de las españolas y una de las mayores del continente europeo. A partir de 1627 comenzaron a advertirse algunos síntomas de crisis a causa de la disminución del comercio con Indias, que lentamente se iba desplazando hacia Cádiz, el estallido de la Guerra de los Treinta Años y la separación de Portugal, pero el mayor problema llegó con la peste de 1649, de efectos devastadores, en la que el pintor podría haber perdido algún hijo. La población se redujo a la mitad, contabilizándose unos 60.000 muertos, y ya no se recuperó: amplias zonas urbanas, sobre todo en las parroquias populares de la zona norte, quedaron semidesiertas y con sus casas convertidas en solares.[12]
Josua van Belle, 1670, óleo sobre lienzo, 125 x 102 cm., Dublín, National Gallery of Ireland. Murillo retrató a Belle, comerciante holandés llegado a Sevilla en 1663, con la elegante actitud propia del retrato nórdico que pudo conocer en las colecciones de pintura de los comerciantes de esa procedencia establecidos en la ciudad, ante una cortina de vivo color púrpura que no se aprecia en esta reproducción.
Aunque la crisis afectó de manera desigual a los diversos segmentos de la población, el nivel de vida general disminuyó. Las clases populares, las más afectadas por ella, protagonizaron en 1652 un motín de corto alcance provocado por el hambre, pero en líneas generales la caridad funcionó como paliativo de la injusticia y la miseria, que afectaba por igual a los pordioseros que se agolpaban a las puertas del palacio episcopal para recibir la hogaza de pan que repartía el arzobispo, como a los cientos de pobres «vergonzantes» contabilizados en cada parroquia o en instituciones específicamente dedicadas a su atención, como la Hermandad de la Caridad, revitalizada después de 1663 por Miguel Mañara, quien en 1650 y 1651 había actuado como padrino de bautismo de dos de los hijos de Murillo. El pintor, hombre devoto como demuestra su ingreso en la Cofradía del Rosario en 1644, la recepción del hábito de la Venerable Orden Tercera de San Francisco en 1662 y su presencia frecuente en los repartos de pan organizados por las parroquias a las que sucesivamente estuvo adscrito, ingresó también en esta institución en 1665.
Menos afectada por la crisis, la Iglesia también notó sus consecuencias: después de 1649 apenas se establecerán nuevos conventos: tan sólo dos o tres hasta el siglo XIX, frente a los nueve conventos de varones y uno de mujeres que se habían fundado desde el año del nacimiento de Murillo hasta esa fecha.[13] Sus cerca de setenta conventos eran suficientes para una urbe que había visto disminuir tan drásticamente su población; pero la ausencia de nuevas fundaciones conventuales no puso fin a la demanda de obras de arte, pues templos y cenobios no dejaron de enriquecerse artísticamente por sus propios medios o por donaciones de particulares acomodados, como el propio Mañara.
El comercio con Indias, aunque no generase un tejido industrial, siguió aportando trabajo a tejedores, libreros y artistas. Los compradores de plata, que se encargaban de afinar los lingotes y los llevaban a labrar a la Casa de la Moneda, eran profesionales exclusivos de Sevilla; tampoco les faltó el trabajo a los oficiales de la Casa de la Moneda, al menos por temporadas, cuando arribaba la flota a puerto.[14] Y nunca faltaron los comerciantes llegados del extranjero, que hacían de Sevilla una ciudad cosmopolita. Se estima que en 1665 la cifra de extranjeros residentes en Sevilla rondaban los siete mil, aunque lógicamente no todos ellos dedicados al comercio. Algunos se habían integrado plenamente en la ciudad tras hacer fortuna: Justino de Neve, protector de la iglesia de Santa María la Blanca y del Hospital de Venerables, para los que encargó a Murillo algunas de sus obras maestras, procedía de una de aquellas familias de antiguos comerciantes flamencos establecidos en la ciudad ya en el siglo XVI.[15] Otros se incorporaron en fechas más avanzadas: el holandés Josua van Belle y el flamenco Nicolás de Omazur, a los que retrató Murillo, llegaron a la ciudad después de 1660. Hombres cultos a la vez, hubieron de viajar a Sevilla con retratos y cuadros de aquella procedencia, lo que explicaría la influencia, entre otros, de Bartholomeus van der Helst en los retratos del sevillano.[16] Ellos fueron también los encargados de extender la fama de Murillo más allá de la península, singularmente Nicolás de Omazur cuya amistad con el pintor le llevó a encargar tras su muerte un grabado del Autorretrato conservado en la National Gallery de Londres, acompañado de un texto laudatorio en latín posiblemente redactado por él mismo, que además de comerciante era conocido como poeta.[17]

[editar] Primeros encargos

Vida y obra
Murillo debió de nacer en los últimos días de 1617, pues fue bautizado en la parroquia de Santa María Magdalena de Sevilla el 1 de enero de 1618. Fue el menor de catorce hermanos. Sus padres eran Gaspar Esteban, un acomodado barbero, cirujano y sangrador al que en ocasiones se da tratamiento de bachiller,[4] y del que en un documento de 1607 se decía que era «rico y ahorrador», propietario de algunos bienes inmuebles junto a la iglesia de San Pablo que heredó Bartolomé y le proporcionaron rentas toda su vida, y María Pérez Murillo, de familia de plateros y pintores. Conforme al uso anárquico de la época, aunque alguna vez firmó Esteban adoptó comúnmente el segundo apellido de la madre. Con nueve años y en el plazo de seis meses quedó huérfano de padre y madre, quedando bajo la tutela de una de sus hermanas mayores, Ana, casada también con un barbero cirujano, Juan Agustín de Lagares, con quienes parece probable que el joven Bartolomé mantuviese buenas relaciones pues no mudó de domicilio hasta su matrimonio, en 1645, y en 1656, habiendo ya enviudado, su cuñado le nombró albacea testamentario.[5]

[editar] Formación y primeros años

La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino, hacia 1638-1640, óleo sobre lienzo, 216 x 170 cm, Cambridge, Fitzwilliam Museum. Una cartela en el ángulo inferior derecho explica el contenido de este inusual asunto, en el que la Virgen aconseja al franciscano fray Lauterio, estudiante de teología, la consulta de la Summa Theologiae del aquinatense para resolver sus dudas de fe.
Apenas se tienen noticias documentales de los primeros años de vida de Murillo y de su formación como pintor. Consta que en 1633, cuando contaba quince años, solicitó licencia para pasar a América con algunos familiares. Según la costumbre de la época, por esos años o algo antes debió de iniciar su formación artística. Aún cuando no existe constancia documental, es muy posible, como afirmó Antonio Palomino, que se formase en el taller de Juan del Castillo, pariente de su madre y pintor discreto caracterizado por la sequedad del dibujo y la amable expresividad de que dotaba a los rostros de sus pinturas. La influencia de Castillo se advierte con claridad en las primeras obras del pintor, como La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo (Sevilla, Palacio Arzobispal y antigua colección del conde de Toreno) y La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino (Cambridge, Fitzwilliam Museum), de dibujo seco y alegre colorido, que probablemente sean las más tempranas de las obras conservadas del pintor, cuyas fechas de ejecución podrían corresponder a 1638-1640.[6] [7]
Según Palomino, al dejar el taller de Juan del Castillo lo bastante capacitado para «mantenerse pintando de feria (lo cual entonces prevalecía mucho), hizo una partida de pinturas para cargazón de Indias; y habiendo por este medio adquirido un pedazo de caudal, pasó a Madrid, donde con la protección de Velázquez, su paisano (...), vio repetidas veces las eminentes pinturas de Palacio».[8] Aunque no es improbable que, como otros pintores sevillanos, pintase en sus comienzos cuadros de devoción para el lucrativo comercio americano, nada indica que viajase a Madrid en estas fechas como tampoco es probable que realizase el viaje a Italia que le atribuyó Sandrart y que ya fue desmentido por Palomino, tras investigar esta cuestión, según decía, con «exacta diligencia». Tal suposición infundada, según pensaba el cordobés, nacía de «que los extranjeros no quieren conceder en esta arte el laurel de la Fama a ningún español, si no ha pasado por las aduanas de Italia: sin advertir, que Italia se ha transferido a España en las estatuas, pinturas eminentes, estampas, y libros; y que el estudio del natural (con estos antecedentes) en todas partes abunda».[9]
El propio Palomino, que había llegado a conocerlo aunque no lo tratase, decía haber oído a otros pintores que en sus primeros años «se había estado encerrado todo aquel tiempo en su casa estudiando por el natural, y que de esta suerte había adquirido la habilidad» con la que, al exponer sus primeras obras públicas, pintadas para el convento de los franciscanos, se ganó el respeto y la admiración de sus paisanos, quienes hasta ese momento nada sabían de su existencia y progresos en el arte.[10] En cualquier caso, el estilo que se manifiesta en sus primeras obras importantes, como son las citadas pinturas del claustro chico del convento de San Francisco, pudo aprenderlo sin salir de Sevilla en artistas de la generación anterior como Zurbarán y Francisco de Herrera el Viejo.

[editar] Sevilla en el siglo XVII

Ostentando el monopolio del comercio con las Indias y contando con Audiencia, diversos tribunales de justicia, entre ellos el de la Inquisición, arzobispado, Casa de Contratación, Casa de Moneda, consulados y aduanas, Sevilla era a comienzos del siglo XVII el «paradigma de ciudad».[11] Aunque los 130.000 habitantes con los que contaba a finales del siglo XVI habían disminuido algo a consecuencia de la peste de 1599 y la expulsión de los moriscos, cuando nació Murillo seguía siendo una ciudad cosmopolita, la más poblada de las españolas y una de las mayores del continente europeo. A partir de 1627 comenzaron a advertirse algunos síntomas de crisis a causa de la disminución del comercio con Indias, que lentamente se iba desplazando hacia Cádiz, el estallido de la Guerra de los Treinta Años y la separación de Portugal, pero el mayor problema llegó con la peste de 1649, de efectos devastadores, en la que el pintor podría haber perdido algún hijo. La población se redujo a la mitad, contabilizándose unos 60.000 muertos, y ya no se recuperó: amplias zonas urbanas, sobre todo en las parroquias populares de la zona norte, quedaron semidesiertas y con sus casas convertidas en solares.[12]
Josua van Belle, 1670, óleo sobre lienzo, 125 x 102 cm., Dublín, National Gallery of Ireland. Murillo retrató a Belle, comerciante holandés llegado a Sevilla en 1663, con la elegante actitud propia del retrato nórdico que pudo conocer en las colecciones de pintura de los comerciantes de esa procedencia establecidos en la ciudad, ante una cortina de vivo color púrpura que no se aprecia en esta reproducción.
Aunque la crisis afectó de manera desigual a los diversos segmentos de la población, el nivel de vida general disminuyó. Las clases populares, las más afectadas por ella, protagonizaron en 1652 un motín de corto alcance provocado por el hambre, pero en líneas generales la caridad funcionó como paliativo de la injusticia y la miseria, que afectaba por igual a los pordioseros que se agolpaban a las puertas del palacio episcopal para recibir la hogaza de pan que repartía el arzobispo, como a los cientos de pobres «vergonzantes» contabilizados en cada parroquia o en instituciones específicamente dedicadas a su atención, como la Hermandad de la Caridad, revitalizada después de 1663 por Miguel Mañara, quien en 1650 y 1651 había actuado como padrino de bautismo de dos de los hijos de Murillo. El pintor, hombre devoto como demuestra su ingreso en la Cofradía del Rosario en 1644, la recepción del hábito de la Venerable Orden Tercera de San Francisco en 1662 y su presencia frecuente en los repartos de pan organizados por las parroquias a las que sucesivamente estuvo adscrito, ingresó también en esta institución en 1665.
Menos afectada por la crisis, la Iglesia también notó sus consecuencias: después de 1649 apenas se establecerán nuevos conventos: tan sólo dos o tres hasta el siglo XIX, frente a los nueve conventos de varones y uno de mujeres que se habían fundado desde el año del nacimiento de Murillo hasta esa fecha.[13] Sus cerca de setenta conventos eran suficientes para una urbe que había visto disminuir tan drásticamente su población; pero la ausencia de nuevas fundaciones conventuales no puso fin a la demanda de obras de arte, pues templos y cenobios no dejaron de enriquecerse artísticamente por sus propios medios o por donaciones de particulares acomodados, como el propio Mañara.
El comercio con Indias, aunque no generase un tejido industrial, siguió aportando trabajo a tejedores, libreros y artistas. Los compradores de plata, que se encargaban de afinar los lingotes y los llevaban a labrar a la Casa de la Moneda, eran profesionales exclusivos de Sevilla; tampoco les faltó el trabajo a los oficiales de la Casa de la Moneda, al menos por temporadas, cuando arribaba la flota a puerto.[14] Y nunca faltaron los comerciantes llegados del extranjero, que hacían de Sevilla una ciudad cosmopolita. Se estima que en 1665 la cifra de extranjeros residentes en Sevilla rondaban los siete mil, aunque lógicamente no todos ellos dedicados al comercio. Algunos se habían integrado plenamente en la ciudad tras hacer fortuna: Justino de Neve, protector de la iglesia de Santa María la Blanca y del Hospital de Venerables, para los que encargó a Murillo algunas de sus obras maestras, procedía de una de aquellas familias de antiguos comerciantes flamencos establecidos en la ciudad ya en el siglo XVI.[15] Otros se incorporaron en fechas más avanzadas: el holandés Josua van Belle y el flamenco Nicolás de Omazur, a los que retrató Murillo, llegaron a la ciudad después de 1660. Hombres cultos a la vez, hubieron de viajar a Sevilla con retratos y cuadros de aquella procedencia, lo que explicaría la influencia, entre otros, de Bartholomeus van der Helst en los retratos del sevillano.[16] Ellos fueron también los encargados de extender la fama de Murillo más allá de la península, singularmente Nicolás de Omazur cuya amistad con el pintor le llevó a encargar tras su muerte un grabado del Autorretrato conservado en la National Gallery de Londres, acompañado de un texto laudatorio en latín posiblemente redactado por él mismo, que además de comerciante era conocido como poeta.[17]


Tres muchachos (Dos golfillos y un negrito), hacia 1670, Londres, Dulwich Picture Gallery.