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Autorretrato, hacia
1670, óleo sobre lienzo, 122 x 107 cm.
Londres, National Gallery. Inscripción:
Bartus Murillo seipsum depin/gens pro filiorum votis acpreci/bus explendis. En este cuadro, pintado por deseo de sus hijos, Murillo se autorretrató dentro de un marco ovalado con molduras apoyando en él una mano para reforzar el efecto naturalista del
trampantojo y acompañado por algunos instrumentos propios de su profesión, en una demostración de orgullo por la posición social alcanzada con su oficio solo comparable en la pintura española al autorretrato de
Velázquez en
Las meninas.
[1] Bartolomé Esteban Murillo (
Sevilla,
1617 –
3 de abril de
1682) fue un
pintor barroco español. Formado en el naturalismo tardío evolucionó hacia fórmulas propias del barroco pleno, con una sensibilidad que a veces anticipa el
Rococó en algunas de sus más peculiares e imitadas creaciones iconográficas como la
Inmaculada Concepción o el
Buen Pastor. Figura central de la
escuela sevillana, con un elevado número de discípulos y seguidores que llevaron su influencia hasta bien entrado el
siglo XVIII, fue también el pintor español mejor conocido y más apreciado fuera de España, el único del que
Sandrart incluyó una breve y fabulada biografía en su
Academia picturae eruditae de 1683 con el
Autorretrato del pintor grabado por Richard Collin.
[2] Es también el único de los grandes maestros españoles que cultivó con asiduidad e independencia la pintura de género, aunque condicionado por una clientela en su mayor parte eclesiástica el grueso de su producción esté formado por obras de carácter religioso
Vida y obra
Murillo debió de nacer en los últimos días de 1617, pues fue bautizado en la parroquia de
Santa María Magdalena de Sevilla el 1 de enero de 1618. Fue el menor de catorce hermanos. Sus padres eran Gaspar Esteban, un acomodado barbero, cirujano y sangrador al que en ocasiones se da tratamiento de bachiller,
[4] y del que en un documento de 1607 se decía que era «rico y ahorrador», propietario de algunos bienes inmuebles junto a la iglesia de San Pablo que heredó Bartolomé y le proporcionaron rentas toda su vida, y María Pérez Murillo, de familia de plateros y pintores. Conforme al uso anárquico de la época, aunque alguna vez firmó Esteban adoptó comúnmente el segundo apellido de la madre. Con nueve años y en el plazo de seis meses quedó huérfano de padre y madre, quedando bajo la tutela de una de sus hermanas mayores, Ana, casada también con un barbero cirujano, Juan Agustín de Lagares, con quienes parece probable que el joven Bartolomé mantuviese buenas relaciones pues no mudó de domicilio hasta su matrimonio, en 1645, y en 1656, habiendo ya enviudado, su cuñado le nombró albacea testamentario.
[5]
[editar] Formación y primeros años
La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino, hacia 1638-1640, óleo sobre lienzo, 216 x 170 cm,
Cambridge,
Fitzwilliam Museum. Una
cartela en el ángulo inferior derecho explica el contenido de este inusual asunto, en el que la Virgen aconseja al franciscano fray Lauterio, estudiante de teología, la consulta de la
Summa Theologiae del aquinatense para resolver sus dudas de fe.
Apenas se tienen noticias documentales de los primeros años de vida de Murillo y de su formación como pintor. Consta que en 1633, cuando contaba quince años, solicitó licencia para pasar a
América con algunos familiares. Según la costumbre de la época, por esos años o algo antes debió de iniciar su formación artística. Aún cuando no existe constancia documental, es muy posible, como afirmó
Antonio Palomino, que se formase en el taller de
Juan del Castillo, pariente de su madre y pintor discreto caracterizado por la sequedad del dibujo y la amable expresividad de que dotaba a los rostros de sus pinturas. La influencia de Castillo se advierte con claridad en las primeras obras del pintor, como
La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo (Sevilla, Palacio Arzobispal y antigua colección del conde de Toreno) y
La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino (
Cambridge,
Fitzwilliam Museum), de dibujo seco y alegre colorido, que probablemente sean las más tempranas de las obras conservadas del pintor, cuyas fechas de ejecución podrían corresponder a 1638-1640.
[6] [7]
Según Palomino, al dejar el taller de Juan del Castillo lo bastante capacitado para «mantenerse pintando de feria (lo cual entonces prevalecía mucho), hizo una partida de pinturas para cargazón de Indias; y habiendo por este medio adquirido un pedazo de caudal, pasó a Madrid, donde con la protección de Velázquez, su paisano (...), vio repetidas veces las eminentes pinturas de Palacio».
[8] Aunque no es improbable que, como otros pintores sevillanos, pintase en sus comienzos cuadros de devoción para el lucrativo comercio americano, nada indica que viajase a Madrid en estas fechas como tampoco es probable que realizase el viaje a Italia que le atribuyó Sandrart y que ya fue desmentido por Palomino, tras investigar esta cuestión, según decía, con «exacta diligencia». Tal suposición infundada, según pensaba el cordobés, nacía de «que los extranjeros no quieren conceder en esta arte el laurel de la Fama a ningún español, si no ha pasado por las aduanas de Italia: sin advertir, que Italia se ha transferido a España en las estatuas, pinturas eminentes, estampas, y libros; y que el estudio del natural (con estos antecedentes) en todas partes abunda».
[9]
El propio Palomino, que había llegado a conocerlo aunque no lo tratase, decía haber oído a otros pintores que en sus primeros años «se había estado encerrado todo aquel tiempo en su casa estudiando por el natural, y que de esta suerte había adquirido la habilidad» con la que, al exponer sus primeras obras públicas, pintadas para el convento de los franciscanos, se ganó el respeto y la admiración de sus paisanos, quienes hasta ese momento nada sabían de su existencia y progresos en el arte.
[10] En cualquier caso, el estilo que se manifiesta en sus primeras obras importantes, como son las citadas pinturas del claustro chico del convento de San Francisco, pudo aprenderlo sin salir de Sevilla en artistas de la generación anterior como
Zurbarán y
Francisco de Herrera el Viejo.
[editar] Sevilla en el siglo XVII
Ostentando el monopolio del comercio con las
Indias y contando con
Audiencia, diversos tribunales de justicia, entre ellos el de la
Inquisición,
arzobispado,
Casa de Contratación,
Casa de Moneda, consulados y aduanas,
Sevilla era a comienzos del siglo XVII el «paradigma de ciudad».
[11] Aunque los 130.000 habitantes con los que contaba a finales del siglo XVI habían disminuido algo a consecuencia de la
peste de 1599 y la
expulsión de los moriscos, cuando nació Murillo seguía siendo una ciudad cosmopolita, la más poblada de las españolas y una de las mayores del continente europeo. A partir de 1627 comenzaron a advertirse algunos síntomas de crisis a causa de la disminución del comercio con Indias, que lentamente se iba desplazando hacia
Cádiz, el estallido de la
Guerra de los Treinta Años y la separación de
Portugal, pero el mayor problema llegó con la
peste de 1649, de efectos devastadores, en la que el pintor podría haber perdido algún hijo. La población se redujo a la mitad, contabilizándose unos 60.000 muertos, y ya no se recuperó: amplias zonas urbanas, sobre todo en las parroquias populares de la zona norte, quedaron semidesiertas y con sus casas convertidas en solares.
[12]
Josua van Belle, 1670, óleo sobre lienzo, 125 x 102 cm., Dublín,
National Gallery of Ireland. Murillo retrató a Belle, comerciante holandés llegado a Sevilla en 1663, con la elegante actitud propia del retrato nórdico que pudo conocer en las colecciones de pintura de los comerciantes de esa procedencia establecidos en la ciudad, ante una cortina de vivo color púrpura que no se aprecia en esta reproducción.
Aunque la crisis afectó de manera desigual a los diversos segmentos de la población, el nivel de vida general disminuyó. Las clases populares, las más afectadas por ella, protagonizaron en 1652 un motín de corto alcance provocado por el hambre, pero en líneas generales la
caridad funcionó como paliativo de la injusticia y la miseria, que afectaba por igual a los pordioseros que se agolpaban a las puertas del palacio episcopal para recibir la hogaza de pan que repartía el arzobispo, como a los cientos de pobres «vergonzantes» contabilizados en cada parroquia o en instituciones específicamente dedicadas a su atención, como la
Hermandad de la Caridad, revitalizada después de 1663 por
Miguel Mañara, quien en 1650 y 1651 había actuado como padrino de bautismo de dos de los hijos de Murillo. El pintor, hombre devoto como demuestra su ingreso en la Cofradía del Rosario en 1644, la recepción del hábito de la
Venerable Orden Tercera de San Francisco en 1662 y su presencia frecuente en los repartos de pan organizados por las parroquias a las que sucesivamente estuvo adscrito, ingresó también en esta institución en 1665.
Menos afectada por la crisis, la Iglesia también notó sus consecuencias: después de 1649 apenas se establecerán nuevos conventos: tan sólo dos o tres hasta el siglo XIX, frente a los nueve conventos de varones y uno de mujeres que se habían fundado desde el año del nacimiento de Murillo hasta esa fecha.
[13] Sus cerca de setenta conventos eran suficientes para una urbe que había visto disminuir tan drásticamente su población; pero la ausencia de nuevas fundaciones conventuales no puso fin a la demanda de obras de arte, pues templos y cenobios no dejaron de enriquecerse artísticamente por sus propios medios o por donaciones de particulares acomodados, como el propio Mañara.
El comercio con Indias, aunque no generase un tejido industrial, siguió aportando trabajo a tejedores, libreros y artistas. Los
compradores de plata, que se encargaban de afinar los lingotes y los llevaban a labrar a la Casa de la Moneda, eran profesionales exclusivos de Sevilla; tampoco les faltó el trabajo a los oficiales de la Casa de la Moneda, al menos por temporadas, cuando arribaba la flota a puerto.
[14] Y nunca faltaron los comerciantes llegados del extranjero, que hacían de Sevilla una ciudad cosmopolita. Se estima que en 1665 la cifra de extranjeros residentes en Sevilla rondaban los siete mil, aunque lógicamente no todos ellos dedicados al comercio. Algunos se habían integrado plenamente en la ciudad tras hacer fortuna:
Justino de Neve, protector de la iglesia de Santa María la Blanca y del Hospital de Venerables, para los que encargó a Murillo algunas de sus obras maestras, procedía de una de aquellas familias de antiguos comerciantes flamencos establecidos en la ciudad ya en el siglo XVI.
[15] Otros se incorporaron en fechas más avanzadas: el
holandés Josua van Belle y el
flamenco Nicolás de Omazur, a los que retrató Murillo, llegaron a la ciudad después de 1660. Hombres cultos a la vez, hubieron de viajar a Sevilla con retratos y cuadros de aquella procedencia, lo que explicaría la influencia, entre otros, de
Bartholomeus van der Helst en los retratos del sevillano.
[16] Ellos fueron también los encargados de extender la fama de Murillo más allá de la península, singularmente Nicolás de Omazur cuya amistad con el pintor le llevó a encargar tras su muerte un grabado del
Autorretrato conservado en la
National Gallery de Londres, acompañado de un texto laudatorio en latín posiblemente redactado por él mismo, que además de comerciante era conocido como poeta.
[17]
[editar] Primeros encargos
Vida y obra
Murillo debió de nacer en los últimos días de 1617, pues fue bautizado en la parroquia de
Santa María Magdalena de Sevilla el 1 de enero de 1618. Fue el menor de catorce hermanos. Sus padres eran Gaspar Esteban, un acomodado barbero, cirujano y sangrador al que en ocasiones se da tratamiento de bachiller,
[4] y del que en un documento de 1607 se decía que era «rico y ahorrador», propietario de algunos bienes inmuebles junto a la iglesia de San Pablo que heredó Bartolomé y le proporcionaron rentas toda su vida, y María Pérez Murillo, de familia de plateros y pintores. Conforme al uso anárquico de la época, aunque alguna vez firmó Esteban adoptó comúnmente el segundo apellido de la madre. Con nueve años y en el plazo de seis meses quedó huérfano de padre y madre, quedando bajo la tutela de una de sus hermanas mayores, Ana, casada también con un barbero cirujano, Juan Agustín de Lagares, con quienes parece probable que el joven Bartolomé mantuviese buenas relaciones pues no mudó de domicilio hasta su matrimonio, en 1645, y en 1656, habiendo ya enviudado, su cuñado le nombró albacea testamentario.
[5]
[editar] Formación y primeros años
La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino, hacia 1638-1640, óleo sobre lienzo, 216 x 170 cm,
Cambridge,
Fitzwilliam Museum. Una
cartela en el ángulo inferior derecho explica el contenido de este inusual asunto, en el que la Virgen aconseja al franciscano fray Lauterio, estudiante de teología, la consulta de la
Summa Theologiae del aquinatense para resolver sus dudas de fe.
Apenas se tienen noticias documentales de los primeros años de vida de Murillo y de su formación como pintor. Consta que en 1633, cuando contaba quince años, solicitó licencia para pasar a
América con algunos familiares. Según la costumbre de la época, por esos años o algo antes debió de iniciar su formación artística. Aún cuando no existe constancia documental, es muy posible, como afirmó
Antonio Palomino, que se formase en el taller de
Juan del Castillo, pariente de su madre y pintor discreto caracterizado por la sequedad del dibujo y la amable expresividad de que dotaba a los rostros de sus pinturas. La influencia de Castillo se advierte con claridad en las primeras obras del pintor, como
La Virgen entregando el rosario a Santo Domingo (Sevilla, Palacio Arzobispal y antigua colección del conde de Toreno) y
La Virgen con fray Lauterio, san Francisco de Asís y santo Tomás de Aquino (
Cambridge,
Fitzwilliam Museum), de dibujo seco y alegre colorido, que probablemente sean las más tempranas de las obras conservadas del pintor, cuyas fechas de ejecución podrían corresponder a 1638-1640.
[6] [7]
Según Palomino, al dejar el taller de Juan del Castillo lo bastante capacitado para «mantenerse pintando de feria (lo cual entonces prevalecía mucho), hizo una partida de pinturas para cargazón de Indias; y habiendo por este medio adquirido un pedazo de caudal, pasó a Madrid, donde con la protección de Velázquez, su paisano (...), vio repetidas veces las eminentes pinturas de Palacio».
[8] Aunque no es improbable que, como otros pintores sevillanos, pintase en sus comienzos cuadros de devoción para el lucrativo comercio americano, nada indica que viajase a Madrid en estas fechas como tampoco es probable que realizase el viaje a Italia que le atribuyó Sandrart y que ya fue desmentido por Palomino, tras investigar esta cuestión, según decía, con «exacta diligencia». Tal suposición infundada, según pensaba el cordobés, nacía de «que los extranjeros no quieren conceder en esta arte el laurel de la Fama a ningún español, si no ha pasado por las aduanas de Italia: sin advertir, que Italia se ha transferido a España en las estatuas, pinturas eminentes, estampas, y libros; y que el estudio del natural (con estos antecedentes) en todas partes abunda».
[9]
El propio Palomino, que había llegado a conocerlo aunque no lo tratase, decía haber oído a otros pintores que en sus primeros años «se había estado encerrado todo aquel tiempo en su casa estudiando por el natural, y que de esta suerte había adquirido la habilidad» con la que, al exponer sus primeras obras públicas, pintadas para el convento de los franciscanos, se ganó el respeto y la admiración de sus paisanos, quienes hasta ese momento nada sabían de su existencia y progresos en el arte.
[10] En cualquier caso, el estilo que se manifiesta en sus primeras obras importantes, como son las citadas pinturas del claustro chico del convento de San Francisco, pudo aprenderlo sin salir de Sevilla en artistas de la generación anterior como
Zurbarán y
Francisco de Herrera el Viejo.
[editar] Sevilla en el siglo XVII
Ostentando el monopolio del comercio con las
Indias y contando con
Audiencia, diversos tribunales de justicia, entre ellos el de la
Inquisición,
arzobispado,
Casa de Contratación,
Casa de Moneda, consulados y aduanas,
Sevilla era a comienzos del siglo XVII el «paradigma de ciudad».
[11] Aunque los 130.000 habitantes con los que contaba a finales del siglo XVI habían disminuido algo a consecuencia de la
peste de 1599 y la
expulsión de los moriscos, cuando nació Murillo seguía siendo una ciudad cosmopolita, la más poblada de las españolas y una de las mayores del continente europeo. A partir de 1627 comenzaron a advertirse algunos síntomas de crisis a causa de la disminución del comercio con Indias, que lentamente se iba desplazando hacia
Cádiz, el estallido de la
Guerra de los Treinta Años y la separación de
Portugal, pero el mayor problema llegó con la
peste de 1649, de efectos devastadores, en la que el pintor podría haber perdido algún hijo. La población se redujo a la mitad, contabilizándose unos 60.000 muertos, y ya no se recuperó: amplias zonas urbanas, sobre todo en las parroquias populares de la zona norte, quedaron semidesiertas y con sus casas convertidas en solares.
[12]
Josua van Belle, 1670, óleo sobre lienzo, 125 x 102 cm., Dublín,
National Gallery of Ireland. Murillo retrató a Belle, comerciante holandés llegado a Sevilla en 1663, con la elegante actitud propia del retrato nórdico que pudo conocer en las colecciones de pintura de los comerciantes de esa procedencia establecidos en la ciudad, ante una cortina de vivo color púrpura que no se aprecia en esta reproducción.
Aunque la crisis afectó de manera desigual a los diversos segmentos de la población, el nivel de vida general disminuyó. Las clases populares, las más afectadas por ella, protagonizaron en 1652 un motín de corto alcance provocado por el hambre, pero en líneas generales la
caridad funcionó como paliativo de la injusticia y la miseria, que afectaba por igual a los pordioseros que se agolpaban a las puertas del palacio episcopal para recibir la hogaza de pan que repartía el arzobispo, como a los cientos de pobres «vergonzantes» contabilizados en cada parroquia o en instituciones específicamente dedicadas a su atención, como la
Hermandad de la Caridad, revitalizada después de 1663 por
Miguel Mañara, quien en 1650 y 1651 había actuado como padrino de bautismo de dos de los hijos de Murillo. El pintor, hombre devoto como demuestra su ingreso en la Cofradía del Rosario en 1644, la recepción del hábito de la
Venerable Orden Tercera de San Francisco en 1662 y su presencia frecuente en los repartos de pan organizados por las parroquias a las que sucesivamente estuvo adscrito, ingresó también en esta institución en 1665.
Menos afectada por la crisis, la Iglesia también notó sus consecuencias: después de 1649 apenas se establecerán nuevos conventos: tan sólo dos o tres hasta el siglo XIX, frente a los nueve conventos de varones y uno de mujeres que se habían fundado desde el año del nacimiento de Murillo hasta esa fecha.
[13] Sus cerca de setenta conventos eran suficientes para una urbe que había visto disminuir tan drásticamente su población; pero la ausencia de nuevas fundaciones conventuales no puso fin a la demanda de obras de arte, pues templos y cenobios no dejaron de enriquecerse artísticamente por sus propios medios o por donaciones de particulares acomodados, como el propio Mañara.
El comercio con Indias, aunque no generase un tejido industrial, siguió aportando trabajo a tejedores, libreros y artistas. Los
compradores de plata, que se encargaban de afinar los lingotes y los llevaban a labrar a la Casa de la Moneda, eran profesionales exclusivos de Sevilla; tampoco les faltó el trabajo a los oficiales de la Casa de la Moneda, al menos por temporadas, cuando arribaba la flota a puerto.
[14] Y nunca faltaron los comerciantes llegados del extranjero, que hacían de Sevilla una ciudad cosmopolita. Se estima que en 1665 la cifra de extranjeros residentes en Sevilla rondaban los siete mil, aunque lógicamente no todos ellos dedicados al comercio. Algunos se habían integrado plenamente en la ciudad tras hacer fortuna:
Justino de Neve, protector de la iglesia de Santa María la Blanca y del Hospital de Venerables, para los que encargó a Murillo algunas de sus obras maestras, procedía de una de aquellas familias de antiguos comerciantes flamencos establecidos en la ciudad ya en el siglo XVI.
[15] Otros se incorporaron en fechas más avanzadas: el
holandés Josua van Belle y el
flamenco Nicolás de Omazur, a los que retrató Murillo, llegaron a la ciudad después de 1660. Hombres cultos a la vez, hubieron de viajar a Sevilla con retratos y cuadros de aquella procedencia, lo que explicaría la influencia, entre otros, de
Bartholomeus van der Helst en los retratos del sevillano.
[16] Ellos fueron también los encargados de extender la fama de Murillo más allá de la península, singularmente Nicolás de Omazur cuya amistad con el pintor le llevó a encargar tras su muerte un grabado del
Autorretrato conservado en la
National Gallery de Londres, acompañado de un texto laudatorio en latín posiblemente redactado por él mismo, que además de comerciante era conocido como poeta.
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