Es muy posible que los ancestros de los otomíes hayan ocupado el centro de México desde hace por lo menos cinco milenios, por lo que habrían participado en el florecimiento de las primeras urbes mesoamericanas. En la imagen, figurillas de cerámica relacionadas con el culto a la fertilidad. Proceden de Tlapacoya (estado de México). Cultura preclásica del Centro de México.
Hacia el quinto milenio antes de la era cristiana, los pueblos de habla otomangueana formaban una gran unidad. La diversificación de las lenguas y su expansión geográfica a partir del que se ha propuesto como su urheimat,[10] es decir, el valle de Tehuacán (actualmente en Puebla)[11] debió ocurrir después de la domesticación de la trinidad agrícola mesoamericana, compuesta por maíz, frijol y chile. Esto se establece con base en la gran cantidad de cognados que existen en las lenguas otomangueanas en el repertorio de palabras alusivas a la agricultura. Después del desarrollo de una incipiente agricultura, la proto-otomangue dio origen a dos lenguas diferenciadas que constituyen los antecedentes de los actuales grupos oriental y occidental de la familia otomangueana. Siguiendo con la evidencia lingüística, parece probable que los oto-pames —miembros de la rama occidental— hayan llegado a la Cuenca de México alrededor del cuarto milenio antes de la era cristiana y que, en contra de lo que sostienen algunos autores, no hayan migrado del norte sino del sur.[12]
En ese sentido, es plausible que durante mucho tiempo la población del centro de México haya formado parte de la familia de pueblos hablantes de lenguas otomangueanas. A partir del Preclásico (ss. XXV a. C.-I d. C.), el grupo lingüístico otopameano se comenzó a fragmentar cada vez más, de tal manera que hacia el Período Clásico el otomí y el mazahua ya eran lenguas distintas. Si las cadenas lingüísticas del grupo otopame se encuentran concentradas y más o menos intactas[8] en el centro de México, es posible que los grupos otomangueanos hayan ocupado sus actuales territorios étnicos desde hace mucho tiempo, lo que llevaría a reevaluar su participación en el florecimiento de poblaciones como Cuicuilco, Ticomán, Tlatilco, Tlapacoya y otras durante el Período Preclásico; pero especialmente en el desarrollo de la gran ciudad de Teotihuacan. Aunque son varios los autores que coinciden en que la población del Valle de México durante el florecimiento de Teotihuacan era principalmente otomiana, se resisten a aceptar que también los gobernantes de la metrópoli pudieron formar parte del mismo grupo lingüístico.[12]
La caída de Teotihuacan es un hito que señala el fin del Clásico en Mesoamérica. Los cambios en las redes políticas a nivel mesoamericano, las disputas entre los pequeños estados rivales y los movimientos de población derivados por las prolongadas sequías en el norte de Mesoamérica facilitaron la llegada de nuevos pobladores al centro de México. Por esta época tiene lugar la llegada de grandes grupos de habla náhuatl que comenzaron a desplazar a los otomíes hacia el oriente. Estos llegaron entonces a la Sierra Madre Oriental y a algunas zonas del valle de Puebla-Tlaxcala. En los siglos siguientes, en el territorio otomí se desarrollaron grandes estados encabezados por los pueblos nahuas. Alrededor del siglo IX, los toltecas convirtieron a Tula (Mähñem'ì en otomí) en una de las principales ciudades de Mesoamérica. Esta ciudad concentró una buena parte de la población del valle del Mezquital, de filiación otomí; aunque muchos de ellos siguieron refugiándose al sur y al oriente, en el estado de México y la Sierra Madre Oriental.[13]
El florecimiento del estado tepaneca de Azcapotzalco en la cuenca lacustre del valle de México llevó a este pueblo a expandirse hacia el occidente, ocupando el territorio que tradicionalmente había sido ocupado por los pueblos otomí, mazahua, matlatzinca y atzinca. De este modo, los pueblos otomianos cayeron en la órbita de poder de los nahuas que habían ocupado la cuenca de México. Tras la derrota de Azcapotzalco ante la alianza de México-Tenochtitlan y Texcoco, los dominios de los tepanecas en el poniente del actual estado de México fueron asignados a Tlacopan. El territorio de los otomíes se encontraba precisamente en la zona donde confluían los dominios de los mexicas y sus aliados al oriente y de los tarascos de Michoacán al poniente. Cuando los españoles llegaron al centro de México, esta zona era habitada por diversos grupos étnicos que con frecuencia se mezclaban para formar una localidad. Es por ello que los cronistas de Indias reportaron que en Tlacopan se hablaba otomí, náhuatl, chocho, matlatzinca y mazahua. Wright Carr señala que:
Lejos de ser un pueblo dominado, los otomíes formaban parte esencial del panorama político, militar, económico y social del Centro de México.[14]
[editar] Conquista
Los otomíes entraron en la historia de la Conquista de México cuando los españoles llegaron a la región dominada por los tlaxcaltecas. Como se ha dicho anteriormente, los otomíes llegaron a la región de Puebla-Tlaxcala durante el período Posclásico Temprano, cuando su territorio original fue invadido por los nahuas procedentes del occidente y el norte de Mesoamérica.[15] En la región del valle de Tlaxcala convivieron con los señoríos de la llamada "República de Tlaxcala", una confederación dominada por tribus nahuas y opuesta a los mexicas y sus aliados. Los tlaxcaltecas eran aliados militares de los otomíes de Tecóac, a quienes se reconocía como un pueblo con grandes habilidades para la guerra. De acuerdo con el Códice Florentino los otomíes fueron atacados por los españoles:
Y cuando a Tecoac llegaron, fue en tierra de tlaxcaltecas, en donde estaban poblando sus otomíes. Pues esos otomíes les salieron al encuentro en son de guerra; con escudos les dieron la bienvenida.
Pero a los otomíes de Tecoac muy bien los arruinaron, totalmente los vencieron. Los dividieron en bandas, hubo división de grupos. Los cañonearon, los asediaron con la espada, los flecharon con sus arcos. Y no unos pocos sólo, sino todos perecieron.
Y cuando Tecoac fue derrotado, los tlaxcaltecas lo oyeron, lo supieron: se les dijo. Mucho se amedrentaron, sintieron ansias de muerte. Les sobre vino gran miedo, y de temor se llenaron.[16]
Pero a los otomíes de Tecoac muy bien los arruinaron, totalmente los vencieron. Los dividieron en bandas, hubo división de grupos. Los cañonearon, los asediaron con la espada, los flecharon con sus arcos. Y no unos pocos sólo, sino todos perecieron.
Y cuando Tecoac fue derrotado, los tlaxcaltecas lo oyeron, lo supieron: se les dijo. Mucho se amedrentaron, sintieron ansias de muerte. Les sobre vino gran miedo, y de temor se llenaron.[16]
De acuerdo con la versión de los informantes de Sahagún, al ver la ruina de los otomíes de Tecóac los tlaxcaltecas decidieron aliarse con los españoles.
De hecho los otomies jugaron un papel muy destacado; pero poco reconocido en la Conquista de México. Luego de la derrota del ejército de Cortés en el episodio de la Noche Triste, los otomíes del pueblo de Teocalhueyacan visitaron a Cortés un día después por el rumbo de Naucalpan. En este encuentro, los españoles recibieron comida y una promesa de alianza y refugio en la zona de Teocalhueyacan. Los españoles visitaron este poblado y permanecieron en él por cerca de diez días, recomponiendo fuerzas militares y alianzas de carácter político. A instancias de este grupo de otomíes, Cortés atacó por sorpresa y masacró a los nahuas de Calacoaya el 2 de julio de 1520, aliados de la Triple Alianza y enemigos de los otomíes. Esta fue la segunda acción militar de los españoles en el Valle de México, esta vez exitosa y contando con la complicidad de los otomíes de Teocalhueyacan. Luego de recomponerse, los españoles partieron rumbo al territorio aliado de Tlaxcala; pero en el camino se enfrentaron nuevamente con los mexicas en la Batalla de Otumba. En esta ocasión salieron triunfantes y para ello debieron contar muy probablemente con la ayuda de los otomíes, tanto de Tlaxcala como de Teocalhueyacan.
[editar] Época colonial
Los otomíes fueron cristianizados en los años siguientes a la Conquista de Tenochtitlán. Las primeras tareas de evangelización corrieron a cargo de los franciscanos, concentrados en las provincias de Mandenxhí (Xilotepec) y Mäñhemí (Tula), donde realizaron su labor entre los años de 1530 a 1541. En 1548 la orden de los agustinos aprobó la creación de los conventos de Atocpan e Ixmiquilpan. El convento de Ixmiquilpan destaca porque sus murales (realizados en la segunda mitad del siglo XVI) presentan un tema netamente indígena (el de la guerra sagrada) en un panorama de elementos relacionados con la mitología cristiana.[17] Con la cristianización de los otomíes se inicia también el proceso de adaptación de las formas de organización política europeas, que dieron origen a la organización de las comunidades indígenas en mayordomías, que, en casos como el de los otomíes de Ixtenco (Tlaxcala) constituyen uno de los pocos elementos de identidad étnica que aún conservan. De modo paralelo a este proceso de aculturación, en otras partes del centro de México el franciscano Bernardino de Sahagún hacía indagaciones entre los pueblos nahuas. Los informantes de Sahagún expusieron el modo en que los nahuas veían a los otomíes antes de la llegada de los españoles, de los que dijeron "no carecían de policía, vivían en poblado; tenían su república".[18]
Los frailes franciscanos levantaron un gran convento, el de Corpus Christi en Tlalnepantla en 1550 y en una de sus puertas laterales llamada porciúncula se lee que fue construido por igual por los pueblos locales nahuas y otomíes ahora cristianizados y sometidos por igual a la corona española. Este convento fue edificado en un sitio que quedaba a mitad de camino entre los dos grandes poblados de Tenayuca (mexica) y Teocalhueyacan (otomí). El teocalli de Tenayuca sobrevive hasta nuestros dias; pero el de Teocalhueyacan no. Dado que se sabe que las piedras aportadas para la construcción por los otomíes eran de color gris, es posible que estas sean justamente las piedras del desaparecido teocalli de Teocalhueyacan, paradójicamente los de Teocalhueyacan fueron unos de los primeros aliados de Cortés en el Valle de México.
Durante la Colonia, los frailes hicieron una gran labor de investigación sobre las culturas y las lenguas indígenas. Sin embargo, en comparación con el caso de los pueblos de habla náhuatl, los documentos producidos acerca de los otomíes son realmente pocos. Luis de Neve y Molina publicó en 1797 unas Reglas de orthographia, diccionario, y arte del idioma othomí, que fueron redescubiertas en 1989. Este documento se suma a otros manuscritos que fueron producidos con antelación en el centro de México. Quizá el más conocido de ellos sea el Códice de Huamantla, que fue realizado en la región de Tlaxcala en el siglo XVI y habla sobre la historia de los otomíes desde la época prehispánica hasta la Conquista. Otros documento de igual importancia es el Códice de Huichapan, procedente del valle del Mezquital y realizado por el otomí Juan de San Francisco a final del siglo XVI.[19]
El arribo de los españoles a Mesoamérica significó el sometimiento de los pueblos indígenas al dominio de los recién llegados. Hacia la década de 1530, todas las comunidades otomíes del Valle del Mezquital y la Barranca de Meztitlán habían sido repartidas en encomiendas. Posteriormente, al modificarse la legislación española, aparecieron las llamadas repúblicas de indios, sistemas de organización política que permitieron cierta autonomía de las comunidades otomíes con respecto a las poblaciones hispano-mestizas. La creación de estas repúblicas de indios, el fortalecimiento de los cabildos indígenas y el reconocimiento de la posesión de las tierras comunales por parte del Estado español fueron elementos que permitieron a los otomíes conservar su lengua y, hasta cierto punto, su cultura indígena. Sin embargo, especialmente en lo que respecta a la posesión de la tierra, las comunidades indígenas padecieron despojos a lo largo de los tres siglos de colonización española.[20]
Al mismo tiempo que los españoles iban ocupando los antiguos asentamientos otomíes —como es el caso de la actual ciudad de Salamanca (Guanajuato), fundada en el asentamiento otomí de Xidóo ("Lugar de tepetates") en 1603 por decreto de Gaspar de Zúñiga y Acevedo, virrey de Nueva España[21] —, algunas familias otomíes fueron obligadas a acompañar a los españoles en la conquista de los territorios al norte de Mesoamérica, ocupados por los belicosos pueblos aridoamericanos. Fueron colonizadores los otomíes que se asentaron en ciudades como San Miguel el Grande y otras ciudades de El Bajío. De hecho, el proceso de colonización de este territorio fue esencialmente obra de los otomíes, teniendo como punta de lanza el señorío de Xilotepec. En El Bajío los otomíes sirvieron como puente para la sedentarización y cristianización de los pueblos nómadas, que terminaron siendo asimilados o exterminados por la fuerza. La importancia de El Bajío en la economía de la Nueva España le convirtió en un escenario donde confluyeron posteriormente distintos grupos étnicos, incluidos los migrantes tlaxcaltecas, los purépechas y los españoles, que finalmente terminarían por sobreponerse a todos los grupos indígenas que les apoyaron en la conquista de este territorio que había sido el hábitat de numerosos pueblos clasificados como chichimeca. Sin embargo, hasta el siglo XIX, la población otomí en El Bajío era todavía un componente principal, y algunos de sus descendientes permanecen en municipios como Tierra Blanca, San José Iturbide y San Miguel de Allende.[22] Los movimientos de la población otomí continuaron a lo largo de toda la época colonial. Por ejemplo, en San Luis Potosí, un total de 35 familias otomíes fueron llevadas a la fuerza para ocupar la periferia de la ciudad y defenderla de los ataques de los indígenas nómadas de la región en 1711.[23] En varios lugares, la población otomí fue diezmada no sólo por las migraciones forzadas o consentidas, sino por las constantes epidemias que padecieron los indígenas mesoamericanos tras la Conquista. Numerosas comunidades fueron arrasadas entre los siglos XVI y XVIII a causa de las enfermedades.[24]
La sumisión al dominio español por parte de los otomíes no fue nunca total. Durante el siglo XVII se sucedieron un gran número de conflictos originados por las diferencias entre españoles e indígenas. En Querétaro —cuya población otomí había sido asimilada o relegada de las tierras de mejor calidad por el empuje de la españolización del Bajío— hubo una rebelión en 1735 en la capital de la provincia originada por la escasez de granos para la población. Posteriormente, entre 1767 y 1785, los otomíes de Tolimán se lanzaron contra las haciendas vecinas que habían despojado a la comunidad indígena de sus terrenos. La tensión originada por la reocupación de las tierras que los hacendados habían obtenido mediante la invasión de las tierras de las comunidades desembocó en un nuevo conflicto en la región de Tolimán en 1806. Para poner fin a la disputa, fue necesario que el Corregidor de Querétaro interviniera y pusiera en prisión a los líderes de la rebelión. Sin embargo, sólo dos años más tarde la violencia volvió a estallar en Tolimán, y los indígenas ocuparon nuevamente las tierras de que habían sido despojados.[25]
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