A.R.G.
Me encontraba en un bosque frondoso, al pie de un viejo
roble. Hasta donde me alcanzaba la vista toda era belleza y armonía. La zona
estaba cubierta de ricos líquenes, abundando todo tipo de árboles y arbustos
variopintos, así como alguna que otra planta a punto de marchitarse, pero aún
esparciendo por el lugar su fragancia. El sol en su retirada de atardecer se
colaba entre el frondoso follaje,
jugando con las sombras. El astro rey iluminaba con su tenue luz, los colores,
ocres, amarillos, anaranjados y rojizos de las tupidas copas, que precian
pinceles queriendo decorar el cielo carmesí
de una puesta de sol única. Cubriéndolo todo de una magia especial,
contribuyendo a esta magia una bandada de diferentes aves, que a pesar de la
hora, entonaban preciosos trinos, formaban una pequeña orquesta, dispersando
sus notas por todos los rincones. Por un instante sentí el liguero calor del sol
llegar hasta mí.
A pocos metros un arroyo discurría alegre, y cantarín hacia
el fondo del bosque, perdiéndose entre la arboleda y la hojarasca allí
depositada, contemplaba el discurrir de su corriente disfrutando de un atardecer
de otoño bastante cálido. Desde el pie del roble, observaba con admiración todo
cuanto me rodeaba. Allí en el suelo la vida bullía en cada rincón, cantó un
sapo, también el cuco, saltó una rana al rio, huyendo de su depredador,
mientras cientos de insectos bullían por todo el suelo, un hormiguero se
encontraba cerca , las laboriosas hormigas cargaban con su tesoro hacia el
hormiguero, hojas recién cortadas, contemplaba yo el ir y venir de estas.
¡De pronto! sin saber cómo, me vi transportada de mi lugar
idílico a otro, feo, mugriento, lleno de desechos y mal oliente, ¡Que horror! ¿Que
había pasado? Yo no elegí este destino. Con tristeza acepté mi sino. Allí
terminaría, y no sería útil para nadie. Mis hermanas serviran para hacer compos.
Fin
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