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En la Edad del Hierro, dos grandes pueblos habitaban la Península:
Los íberos se extendían por el mediterráneo y Andalucía y se cree
que eran de procedencia norteafricana o mediterránea. Comercia- ron con
fenicios, griegos y cartaginenses. Tenían un nivel cultural avanzado y
fundaron la misteriosa civilización de Tartessos. Los otros pueblos eran
celtas, de procedencia centroeuropea y mezclados étnica y culturalmente
con los habitantes autóctonos de la Península.
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Los celtas ocupaban
la parte del interior,
norte y occidente de la Península Ibérica. Eran menos cultos y más belicosos que
los íberos. La línea roja delimita los territorios que ocupaban estos
antiguos pueblos, y la discontínua las actua- les provincias.
Tradicionalmente, los pueblos del norte han sido englobados en el grupo de los celtas, lo cual es obvio en el caso de galaicos y as- tures, pero no tanto en el caso cántabro. |
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Y es que la preservación de la lengua vasca hace
pensar que la influencia de los celtas fue menor en el cantábrico
oriental. Se especuló por ello que este lenguaje podía provenir de los
íberos, con su correspondiente influencia en el pueblo cántabro. No
obs- tante, la idea que prevalece y la más razonable hasta el momento, es
que los cántabros serían el resultado
de la fusión de los pueblos indígenas ( quizás íberos o ligures ) con los
celtas hacia el siglo VIII a.C.
Ocupaban el sector oriental de la cordillera cantábrica, desde el río Sella ( en Asturias ) hasta el Asón o Agüera. El territorio cántabro era sensiblemente mayor al actual, comprendiendo la Cantabria ac- tual excepto el sector más oriental, el Oriente de Asturias, Noroeste de León, la Montaña Palentina y Norte de Burgos. |
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Al
Este del territorio cántabro se situaba el de los Autrigones, entre los
ríos Asón y Nervión, la parte más oriental de la Cantabria actual (
valle del Agüera y Castro Urdiales ). El pueblo Cántabro como tal, es
mencionado en la histo- ria desde el
Siglo II a.C. cuando se escribió que el río Ebro nacía en el país de
los cánta- bros. Se organizaba en poblados de tribus beli- cosas y casi
salvajes. Las estelas gigantes que se han encontrado se han convertido
en sím- bolos de la identidad cántabra.
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No hay una
teoría segura acerca del origen etimológico del nombre de Cantabria,
aunque parece probable que el término "cántabro" procede de la
raíz "cant", frecuente en nombres celtas y que significa
roca, y del sufijo "abr", utilizado en numerosas regiones
celtas. De esto, se deduce que el término "cántabro" vendría
a significar "pueblo que habita en las peñas" o "montañés".
También se pensó que provenía de cant-iber, designando a la gen- te que habitaba las "montañas del Ebro", o que el nombre proven- dría de alguna de sus ciudades que probablemente se llamara Can- tabriga, hipótesis descartadas hoy. En el siglo II a.C. los romanos ya identifican al pueblo cántabro como un pueblo diferenciado de los que habitaban el norte de España. |
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Al lado, el mapa con los lí- mites de la antigua Canta- bria así como
la ubicación aproximada de las tribus co- nocidas, basándonos en los escritos de
los historiadores y geógrafos de la época, ta- les como Plinio, Mela,
Estra- bón o Ptolomeo.
También aparecen algunas de las ciudades y puertos que se conocen de media- dos del siglo II d.C. Aunque se conocen otros, resultan complicados de ubicar. Las tribus tenían lazos de afinidad étnica y cultural, pero sin aparente unidad política. |
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A pesar de esa falta de unidad, si que existió un
jefe o caudillo impor- tante llamado
Corocotta durante las guerras contra las tropas romanas que pudo
unificar militarmente a las tribus cántabras para defender Can- tabria
del Emperador Augusto. Existía una unidad menor que la tribu, el clan,
formado por diversas familias con antepasados comunes, como el clan de
los pembelos en la tribu de los orgenomescos. Ni siquiera la dominación
romana pudo terminar del todo con este esquema de organi- zación social.
No hay certeza sobre su localización geográfica exacta, solo se sabe que estas tribus eran regidas por un jefe, apoyado de instituciones como un consejo de ancianos y que habitaban en castros, ciudadelas en lo alto de los montes preparadas para defenderse de una agresión exterior. Algunos castros conocidos son los de Amaya, Monte Cildá, Monte Bernorio, Celada-Marlantes, Castrillo del Haya, La Campana, Argüeso... Se sabe que algunos eran de dimensiones colosales, capaces de refu- giar a más de una tribu entera en tiempos de guerra. |
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Concretamente
del castro de Celada Marlantes es de donde más objetos se ha obtenido (
fíbulas, cerámicas, cuchillos... ) Actualmente se conservan en el Museo de Prehistoria y Arqueología de
Santander.
La densidad de población era indudablemente mayor en la zona sur ( Campoo y norte de Palencia, Burgos y León ), con un clima menos riguroso y relieves más suaves. No obstante, en los últimos años se han encontrado numerosos castros en el norte de Cantabria como La Garma ( Omoño, Ribamontán al Monte ), Castril Negro ( Peña Cabarga ), La Espina del Gallego ( Besaya-Pas ), Peña Sámano ( Castro Urdiales )... |
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La sociedad cántabra tenía una estructura matriarcal. La
propiedad residía en la mujer, que cultivaba el campo, mientras que el
hombre se dedicaba a la caza y la guerra.
Su lenguaje nos es prácticamen- te desconocido. Se podría suponer que la
lengua cántabra era del mismo grupo que la de los vascones, al menos en
parte. Es proba- ble que los cántabros hablaran uno o varios dialectos
celtas, en cualquier caso, para los romanos era de difícil
pronunciación.
Sobre su aspecto físico tampoco se puede precisar, parece que el cántabro ordinario era alto y fornido. La única descripción de un cántabro de la época nos llega a través del poeta Silo Itálico. En- tre los mercenarios de las tropas de Aníbal en las guerras púnicas, había un grupo militar cántabro. |
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El miembro más destacado era
Laro,
de quién el poeta dice: "El cántabro Laro, aún desprovisto de
dardos, seguía siendo temible por la naturaleza de sus miembros y su
gran corpulencia".
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Vestían una túnica atada con un cinturón, además de un capote
negro de lana, que les servía también de manta para dormir. Usaban una
especie de sombreros o gorras y calzaban abarcas de cuero. Las mujeres
llevaban vestidos con adornos de flores.
Dormían en el suelo, se bañaban con agua fría, comían una sola comida abundante y eran aficionados a juegos atléticos, milita- res y al baile. Sus conocimientos médicos eran muy limitados, sacaban a sus enfer- mos a los caminos por ver si los caminan- tes les proporcionaban un remedio. |
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Tampoco debían conocer la escritura. Los romanos quedaron sorprendidos por las bárbaras costumbres del
pueblo cántabro y las achacaron a su carácter guerrero, lo
incomunicado de sus tierras y el rigor del clima. Las leyes penales
contemplaban el apedreamiento o despeñar al infractor por un roca y los
ancianos, que no servían para la guerra, solían suicidarse. Otra
costumbre que conocemos era la de la tribu de los concanos que bebía la
sangre de los caballos.
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Los cántabros se dedicaban a la
recolección, la ganadería ( la
carne de cabra era su base alimenticia ), la caza de jabalís, pesca,
marisqueo y el
pillaje de pueblos vecinos ( vacceos y turmódigos ). La
agricultura no debía ser muy productiva.
Se sabe que navegaban en primitivas embarcaciones, como podemos comprobar en el Museo Marítimo. Ya en época pre- romana explotaron los recursos mineros, como el hierro y otros metales y la sal de Cabezón. |
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También tuvieron
relaciones comerciales con otros pueblos hispáni- cos, incluso a través
del mar con las islas británicas, prueba de ello tenemos el
"Caldero de Cabárceno". No tenían moneda, por lo que debían
practicar el trueque.
En cualquier caso, su mayor proyección al exterior era como merce- narios, como veremos más adelante, pues se sabe que hubo guerreros cántabros en lugares tan dispares como las Galias o el Danubio. En ese sentido eran muy apreciadas sus cualidades como guerreros, tal y como podemos ver en la siguiente sección histórica. |
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Los cántabros practicaban cultos de tipo
naturalista: veneraban a los montes, bosques, lagos, serpientes... Las representaciones solares de las numerosas
estelas gigantes que se han encontrado, hacen suponer que también
existiría el culto a un dios solar. Se han encontrado en
Zurita
de Piélagos, Barros y Lombera en Buelna y San Vicente de
Toranzo. Se las considera de la Cantabria prerromana, aunque también
pudieron haberse creado bajo dominio romano, puesto que también
se
conocen estelas dis- coideas con inscripciones latinas como la
de Luriezo
( Cabezón de Liébana ).
También se conoce el nombre de un dios,
Erudinus,
a quién se rendía culto desde la cima del Pico Dobra, en Torrelavega.
Existía un dios-padre, asimilado más
tarde al Júpiter romano. En Herrera de Camargo se descubrió una bella
escultura de bronce que le rendía culto.
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También aparece un dios de la guerra cántabro que
en el futuro sería asimilado al Marte latino al que se le ofrecían
sacrificios de cabras, caballos y prisioneros. Parece estar confirmada la
presen- cia de una diosa
llamada Cantabria.
Se ha encontrado un ara votiva en el Danubio, hasta donde llega- ron los soldados cántabros con el ejército romano, dedicada a esta deidad. Esta diosa podía estar relacionada con algún tipo de culto a la luna. También existe un indicio de culto a las "matres". |
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En el monte Cildá apareció una ara dedicada a la diosa Mater Deva,
conocida en el mundo céltico y relacionada con las aguas. El río Deva
en Cantabria, permite establecer la relación con la diosa. Hemos sabido
que los cántabros sa- crificaban a sus prisioneros en gran número y
que las
cuevas tenían gran impor- tancia para el pueblo cántabro, puesto que las
utilizaban con fines funerarios.
Por una pequeña escultura de bronce encontrada en Castro Urdiales sobre un escarpado monte, deducimos que los cántabros de la costa veneraban a un dios del mar, asimilado posteriormente al Neptuno latino, aunque en este caso, el Neptuno cántabro se presenta como un joven imberbe que lleva un collar en forma de media luna. Aparecen otros atributos clásicos como el delfín en una mano y el tridente en la otra. Actualmente, se encuentra en el Museo de Prehistoria de Santander. |
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En algunas lápidas aparecen animales como caballos
o ciervos, porque al parecer, existía la creencia de que estos animales
transportaban las almas de los difuntos al cielo. Sobre como enterraban a los muertos bien poco se
sabe.
Parece que se practicaba la cremación con los difuntos, excepto con los que morían en el campo de batalla, que debían quedar yaciendo allí hasta que los buitres abrieran sus entrañas para transportar sus almas al cielo. Esta es una costumbre que ha quedado reflejada en una de las caras de la estela de Zurita. |
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